DTO ANUAL 27,99€/año

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Oscar Buznego

Regreso a Cataluña

Una cita electoral que trasciende con creces el ámbito de la comunidad autónoma

La política española estará concentrada en las próximas semanas en Cataluña, como es ya habitual cuando allí los catalanes son llamados a votar. No cabe esperar otra cosa. La cita electoral trasciende con creces el ámbito de la comunidad autónoma. La cuestión catalana –no hace falta decirlo salvo al efecto de ponernos en situación– ha marcado la historia de España, en particular la época contemporánea, de una manera que, aunque se quisiera, sería imposible ignorar. El reciente aluvión independentista ha generado una tensión en la democracia española, similar a la que sufrió la II República, que afecta tanto a la pequeña política como al funcionamiento de las instituciones básicas del Estado.

Sin necesidad de retroceder más, en el transcurso de esta semana el ministro de Sanidad ha dejado su puesto en plena pandemia para dedicarse a la política catalana, y el primer dirigente del socialismo catalán se hace cargo de la política territorial del Gobierno español, mientras ERC le busca las cosquillas al PSOE en el Congreso y Vox devuelve al PP el golpe que le propinó en el debate de la moción de censura que presentó contra el Gobierno, al que entonces tachaba de ilegítimo y criminal, y al que ahora salva de una derrota parlamentaria. Cualquier movimiento que se produce en Cataluña pone en evidencia el equilibrio inestable en el que se sostiene el Gobierno español. Por otra parte, la arremetida de los independentistas contra el régimen constitucional, la Corona y el poder judicial no cesa. El hecho es que, últimamente, la política española muchas veces parece dirimirse en un cuerpo a cuerpo entre Cataluña y el Estado.

Hay varias razones de peso para que los españoles de otras comunidades autónomas sigamos atentamente estas elecciones, al margen del protagonismo que por costumbre reclaman para Cataluña los dirigentes nacionalistas. Una es que los avatares de esta convocatoria electoral la han convertido en sí misma en un ejemplo perfecto del desconcierto que rige la política actual. De ser un modelo a seguir en muchos aspectos en la práctica de una democracia avanzada, Cataluña ha pasado a representar un antimodelo. Mueve a reflexión que la cultura cívica más desarrollada que se haya conocido en una región española se manifestara de forma tan poco edificante como hemos tenido ocasión de ver en estos años en el comportamiento del Gobierno y de los líderes y partidos nacionalistas.

La segunda razón es que el catalán sigue siendo un problema sin resolver. Es un problema grande y grave, que se ha presentado con distintas definiciones y que se encuentra en un “impasse” difícil de describir. En el debate de la moción de censura del que salió investido presidente, Pedro Sánchez reprochó a Mariano Rajoy la pasividad de sus gobiernos en este asunto. Pero tres años después, con ERC entre los apoyos parlamentarios del Ejecutivo, el Gobierno de coalición no ha formulado ninguna propuesta concreta que pudiera suponer una solución, y esta no llega. La crispación ha disminuido porque era imposible mantenerla en el nivel que alcanzó en octubre de 2017, pero el punto final del problema catalán ni siquiera se atisba. En el estreno de la campaña electoral, un candidato postuló el camino de la independencia, otro propuso la formación de un Gobierno de izquierdas, un tercero abogó por pasar página y otro pidió que se pusieran de una vez las cartas sobre la mesa. Con más de un tercio de los electores sin saber qué hacer, vaticinar lo que puede ocurrir en las votaciones y después es gratuito.

Y, por último, los españoles debemos implicarnos en el problema catalán porque, lo queramos o no, es también nuestro y, además, nos conviene hacerlo. Cataluña absorbe una buena parte de las energías políticas del país, y la actitud de sus dirigentes, sea en materia de financiación, inversiones o capacidad de decisión, es de demanda permanente. Entrar en la política catalana es volver al lugar donde tenemos un quebradero de cabeza muy molesto y costoso. Por eso el país necesita encontrar una solución duradera al problema catalán y ocuparse de otros asuntos prioritarios para el futuro, sin tener que estar siempre pendiente de lo que ocurre en Cataluña. Y esa solución compete a todos los españoles, no solo a los catalanes. Los españoles deben poner a Cataluña en el sitio que merece dentro de España. Hemos de hablar claro para ver cuál es. Y esto requiere mucha conversación.

Compartir el artículo

stats