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Pere Casan

Urgencia y prudencia, dos conceptos enfrentados

Un viejo dilema ahora de mucha actualidad para analizar la realidad

Tras la derrota de Darío I en Maratón, su hijo Jerjes I quiso vengarse y preparó una gran expedición de más de un millón de soldados (entre 300.000 y dos millones según los autores) dispuestos a cruzar el Helesponto, para entablar la guerra contra Esparta y Atenas (480 a. C.). Al lado, su tío y consejero Artábano le sugería no emprender la aventura, dadas las enormes dificultades que encontraría para mantener un ejército tan lejos de sus ciudades. No obstante, Jerjes quiso enfrentarse a los elementos y después de un inicio victorioso en las Termópilas, frente a los espartanos liderados por Leónidas, fue finalmente derrotado en la batalla naval de Salamina, frente a las embarcaciones atenienses. Artábano hablaba por boca de la prudencia, Jerjes actuó por iniciativa de la urgencia.

Cuando la urgencia entra por la puerta, la prudencia sale por la ventana. Una interpretación más erudita y moderna de este dilema nos la proporciona el famoso historiador letón, nacionalizado británico, Isaiah Berlin (1909-1997) en su ensayo “El erizo y el zorro”. La astucia del zorro, con su saber múltiple pero poco profundo, se enfrenta a la paciencia del erizo, con un conocimiento muy limitado, pero máximo en un aspecto. Berlin nos recuerda que en cada momento de la vida, ante cada decisión, predominan las características de uno u otro animal, aunque todos nosotros tengamos parte de ambos en los aspectos ordinarios. La urgencia de actuar, frente a la prudencia de esperar. No me negarán que se trata de un problema siempre actual.

Este enfrentamiento entre la urgencia y la prudencia puede adivinarse a diario ante las grandes decisiones que deben tomar los gobernantes con motivo de la pandemia vírica. ¿Se propicia un confinamiento total o parcial? ¿Se cierran establecimientos, barrios o ciudades? ¿Llevamos los niños a las escuelas o los adultos al trabajo? ¿Favorecemos el estudio a distancia o los exámenes presenciales? En cada momento se presentan preguntas de este tipo que ponen en uno u otro lado de la balanza la seguridad o la libertad, la salud o la crisis económica, la frialdad de la magnitud de los números de fallecidos o ingresados, frente a los comercios cerrados, el paro de las empresas y las penurias sociales que se derivan. Difícil decisión la que debe tomarse en cada circunstancia y en cada lugar.

La prudencia se clasifica entre las denominadas virtudes cardinales o fundamentales y ocupa el primer lugar, acompañada por la justicia, la fortaleza y la templanza. En conjunto un póquer de elementos con los que constituir una auténtica fortaleza humana. Prudencia no es pasividad, no es nihilismo, no es desazón ni ausencia. Prudencia es elección tras discusión, es acción tras reflexión. La prudencia se ha erigido como una de las máximas virtudes entre los gobernantes, como si siempre garantizase lo acertado de la decisión. La urgencia es acción con las mínimas preguntas, es resolución con atención a lo inmediato y más grave. La urgencia siempre se ha relacionado más con el actuar y menos con el reflexionar, aunque esto constituya quizá más tópicos que realidades.

En medicina disponemos de buenos servicios de Urgencias con actuaciones protocolizadas, pero no disponemos de los mismos algoritmos para la prudencia y la dejamos generalmente a merced del sentido común. Sería lógico establecer buenos circuitos de prudencia, que generalmente cubrimos mediante la discusión entre compañeros y con las sesiones interdisciplinarias. Pero la especialización de los hospitales ha llevado consigo la despersonalización del médico frente al paciente, quien, después de ser visto por numerosos profesionales que realizan abundantes procedimientos, no siempre encuentra a mano la palabra justa, la acción precisa y el consuelo necesario para entender y atender su enfermedad.

Resolver la dialéctica entre urgencia y prudencia no siempre es una tarea fácil. Para algunos expolíticos, “a veces, lo más urgente es no hacer nada”. Para otros, “actuar es no esperar”. Mientras resuelven este conflicto, les sugiero guarecerse bajo las ramas de un tilo (las infusiones de tila siempre se han relacionado con la tranquilidad). “Der Lindenbaum” (Winterreise), de Franz Schubert (1797-1828). El caminante pasa junto al tilo de su infancia y se dispone a descansar. Sopla un viento frío y sus recuerdos no son agradables. Se debate entre la urgencia de seguir su camino y la prudencia de esperar a la mejoría del temporal. Tras pasar la noche, reemprende su viaje. Mi sugerencia esta vez va dirigida a un clásico, Dietrich Fischer-Dieskau (1925-2012), acompañado al piano por Gerald Moore (1899-1987). No obstante, no se pierdan la versión de un excelente barítono catalán, Joan Martín-Royo, con el pianista Pierre Réach. Nos deleitaron ambos hace unos años en Oviedo con una interpretación extraordinaria de todo el viaje invernal.

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