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Esteban Greciet

Clave de sol

Esteban Greciet

España como botín

El único error de nuestros primeros padres

Simplificando la Historia, diríamos que los separatismos vasco y catalán en España, que darían paso después de muerto Franco al invento de las llamadas autonomías, no tuvieron auténtica presencia pública hasta avanzados los años sesenta del pasado siglo. A veces, extremando un incipiente orgullo racial del tipo “somos los mejores”.

Antes fueron minorías doctrinarias surgidas al hilo de acontecimientos de carácter reivindicativo y con raíces en conflictos, aspiraciones y aún mitos y sociedades secretas heredados del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Efectos no poco alentados además con los hechos bélicos de los años treinta en España. No hay enemigo pequeño.

El llamado País Vasco era en los años cincuenta un territorio peculiar que gozaba de muy alta estimación del resto de los españoles. No hay duda, sin embargo, de que el relativo alineamiento vasquista en la guerra civil, que dio lugar al error franquista de las “provincias traidoras” (y los hechos alemanes de Guernica), fue un enfoque equivocado que la política nacional lleva décadas tratando de apaciguar a base de prebendas y exclusivas.

Lo que fuera la peculiaridad propia de ambos territorios españoles, Cataluña y las entonces llamadas Provincias Vascongadas, ha contado siempre, creo yo, como una riqueza más en el plural mosaico nacional.

La historia, la literatura, los protagonismos de militares y navegantes, la industria, la cultura, las conquistas territoriales, en todas las grandes iniciativas fueron también protagonistas los catalanes y los vascos. Recordemos las obras de Rafael Sánchez Mazas y de Zacarías de Vizcarra.

Sin entrar en detalles, el gran error de la Transición, entiende uno, fue el que seguimos pagando ahora, es decir el invento sin tradición del llamado Estado de las Autonomías, una innovación constitucional carísima con la creación, a partir de la nada, de diecisiete pequeños remedos de Estados con todo el aparataje de gobiernillos, parlamentarillos y una clase política elefantiásica. Para algunos, como quien esto escribe, innecesaria y aún perjudicial por haber potenciado las pequeñas culturas locales en perjuicio de la unidad de España.

No faltan quienes alegan lo del mal menor. Pero sin duda estamos en un lujo caro que pagamos a plazos y que está en vías de desmontar el sistema y trocear de veras lo que queda de España.

Dejemos claro, con alguna reserva minoritaria, el hecho de la buena intención en nuestros primeros padres de la Transición, que pecaron de alguna ingenuidad. Atribución benévola que no es extensible a quienes se han apoderado de la histórica España de siempre, hoy en riesgo de ser repartida como un simple botín.

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