Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Xuan Xose

Los trabajos de don Adrián

La relación del socialismo asturiano con la dirección nacional del partido

El encuentro entre Adrián Barbón y Pedro Sánchez en la sesión de investidura.

El señor Barbón, con una actitud no muy frecuente en el socialismo asturiano, ha levantado la voz en algunas ocasiones para discrepar de las decisiones de sus conmilitones madrileños. La última ha sido en la reunión del comité federal que se celebró en Barcelona este 23 de enero para turiferar a Illa. “El estatuto electrointensivo no es justo para Asturias”, afirmó por enésima vez. “No aceptaremos ser los perdedores de la transición ecológica”, había dicho antes, exigiendo, a la vez, tocar pito en el reparto de los fondos europeos. O, incluso, “deben habituarse a escuchar la voz de Asturias en Madrid”.

Bien, como si nada. En Madrid los suyos lo escuchan como quien oye llover, como si fuere un miembro de la oposición, como si no existiese: ningún caso. Ahí sigue el estatuto electrointensivo, contrario a los intereses asturianos y favorecedor de Euskadi, Cataluña y Valencia; persiste el programa de ver al lobo como un benéfico personaje de Walt Disney, en contra de los ganaderos asturianos (la masacre de ganado ocurre a diario en todas las zonas de Asturies); la amenaza de la nueva normativa sobre purinos sigue adelante, sin que de nada valgan las protestas; la descarbonización, su aceleración…

Y, por lo demás, las injusticias, los agravios, el trato desigual se suceden una vez tras otra. Por citar solo la última: Íñígo Ukullu acaba de viajar a La Moncloa: aparte de otras cuestiones competenciales, va a recibir un trato especial con respecto a los fondos europeos, en el manejo y en la cuantía. ¿Y Cataluña qué creen ustedes? Y, aunque sea en el plano meramente simbólico: aparece don Iceta, el nuevo ministro de Política Territorial, y habla de las ocho naciones que, según él, forman parte de España. Las enumera. Ninguna es Asturies. La nación (y el Estado) más antigua de España. Aquella a la que ya el “Poema de Almería” (1147) calificaba así al anunciar la llegada de “las tropas de la nación asturiana”.

De modo que a don Adrián sus conmilitones, como a todos sus antecesores: caso ninguno, promesas incumplidas, todas; si ya no se burlan de nosotros, como el nietísimo Zapatero cuando prometió quitarnos el peaje del Huerna y efectivamente lo hizo: desplazó la cabina del cobro a tierras leonesas.

Y es que don Adrián y la FSA son herederos de una larga, perenne, tradición de servidumbre de su centenaria organización a los mandatos de sus superiores, esto es, a Madrid. Podemos remontarnos, por ejemplo, a la tramitación de los estatutos de la II República, y a la voluntad de los socialistas asturianos de posponer cualquier reivindicación asturiana hasta no solucionar “lo importante”, lo de Cataluña y Euskadi (1933, Tedomiro Menéndez).

Y, especialmente, desde el año 2003, fecha de la Declaración de Santillana, han abierto la vía de la confusión ideológica de la plurinacionalidad (recuerden: Patxi López a Sánchez: “¿Pero tú sabes lo que es una nación, Pedro?”; y para lo que dice doña Adriana, muy divertido, los remito a: https://www.lne.es/opinion/2017/07/08/gracias-adriana-cia-19273749.html), que entraña la desigualdad real y efectiva del federalismo asimétrico: más para unos, menos para otros. Aún más. Esto decía José Bono a Maragall: “Sabes que te tengo aprecio sincero pero creo que no sabes lo que dices, Pasqual. Para conseguir el apoyo del PSOE a un Estatuto ‘con el fin de ganar las elecciones’, nos ocultaste en Santillana del Mar que ibas a caminar hacia posiciones independentistas. Nos has engañado”.

¿Engañado? Nadie se engañó. Todos sabían lo que proclamaban. Y allá fueron todos corriendo a Barcelona, Areces y Fernández en cabeza, a celebrar el paso hacia la consagración de la desigualdad que todos los socialistas suscribieron y siguen impulsando.

Así que es difícil que en su casa tomen en serio a don Adrián o, mejor, que vean en él otra cosa que un peón más de esa larga tradición de silencio y acatamiento del socialismo asturiano. Es eso lo que Pérez-Castejón viene a decir cuando afirma: “La FSA es una de las organizaciones políticas más serias y sensatas de este país”. Traduzcan: “obediente, que no da la lata”.

Lo patético, es que, al margen de otras motivaciones como el patriotismo de partido o los intereses en la empresa, muchos de los socialistas asturianos estarán convencidos de que su servidumbre y nuestro sacrificio son un servicio a España y a la igualdad entre todos los españoles, sin darse cuenta de que, en realidad, la España real a la que benefician son Cataluña y Euskadi, precisamente quienes, al menos en las élites dominantes, no quieren ser españoles.

Trabajos de amor en vano.

Compartir el artículo

stats