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¿Es la Universidad un dinosaurio?

La gestión de las tareas administrativas universitarias

A juzgar por su tamaño, bien podríamos pensar en ciertas similitudes, más aún en una comunidad uniprovincial como es Asturias. La Universidad, como los grandes dinosaurios, es de movimientos lentos y estructura poco flexible, que le cuesta adaptar a las nuevas necesidades y cambios. En ella conviven, de forma más o menos armoniosa, elementos ancestrales con otros de reciente desarrollo.

Internamente, la Universidad se apoya en dos pilares, representados por el PDI (personal docente e investigador) y el PAS (personal de administración y servicios), organizados al servicio de los estudiantes y la sociedad en general. Esos dos sectores interaccionan en torno a una estructura de gestión que permite orientar los recursos disponibles (humanos y materiales) al logro de las finalidades institucionales: docencia, investigación y extensión universitaria. En otras palabras, PAS y PDI son los activos más importantes de la Universidad.

En plena era informática, cada vez más habitual escuchar en pasillos, ahora casi vacíos, comentarios de colegas alusivos a la sobrecarga burocrática o, en jerga, al aumento del papeleo, preocupación que necesariamente ha salido a relucir en la campaña electoral de los candidatos a rector. Esto que podría parecer una simple queja corporativa de un colectivo, es en realidad el síntoma de un malestar cada vez más extendido respecto al reparto y organización de la gestión en la Universidad.

Parece oportuno diferenciar aquí entre la “alta” gestión, vinculada a las direcciones de departamentos, centros, vicerrectorados… que dispone de apoyos de gestión propios materializados en sus unidades administrativas correspondientes; y la que podemos denominar gestión “intermedia”, que, a diferencia de la anterior, ejerce en mayor o menor medida todo el PDI, a través de comisiones académicas diversas y sus coordinadores correspondientes (de programas, proyectos, asignaturas, cursos, grados, másteres, doctorados, tutorías de prácticas, tribunales diversos…). Esta gestión intermedia, más cotidiana e invisible pero esencial en el trabajo académico e investigador, incluye cada vez más tareas administrativas, para las que no está previsto ningún apoyo. La gestión académica y la administrativa, necesariamente relacionadas, terminan confundiéndose entre sí, aumentando el sentimiento de malestar docente que se pregunta ¿quién apoya mi trabajo administrativamente?

Esta realidad ha ido en aumento en los últimos años con la progresiva implantación de la administración telemática, uno de cuyos lemas es “entra en la aplicación o página web, lee las instrucciones, baja los impresos, rellénalos y envíalos”. Por ejemplo, cuando alguien ejerce la secretaría de un tribunal, de tesis o plazas, asume una gestión administrativa asociada a la puramente académica. Cada vez hay más dificultades para encontrar personas dispuestas a asumir dichas responsabilidades, generalmente no incentivadas y sin apenas apoyo administrativo. Esta política genera animadversión a este tipo de funciones disuadiendo a docentes e investigadores de comprometerse con nuevos proyectos de los estrictamente obligatorios.

No es una cuestión jerárquica. Todos somos necesarios. El personal de conserjería es fundamental para el funcionamiento de un centro universitario, si se le asignan las tareas que realmente le corresponden. Cada vez que un docente-investigador dedica su tiempo a la realización de tareas administrativas (relleno de impresos, formalización de facturas, lectura de BOPAs, etc.) la Universidad está desaprovechando sus recursos, desmotivando a sus trabajadores y reduciendo su productividad docente e investigadora.

Si un PDI necesita desplazarse físicamente a los servicios administrativos centrales de la Universidad 30 veces al año para la gestión de un proyecto, un máster, un convenio, etc., además de remitir decenas de correos electrónicos y numerosas llamadas telefónicas, la mayoría infructuosas… es que algo no está funcionando bien. Conclusión: el apoyo a la gestión académica debe estar lo más próxima posible a su desempeño, es decir, en los centros y los departamentos, reforzándolos si es preciso y dejando la gestión centralizada para la coordinación general y el apoyo especializado a estas unidades. Se entiende que todos los centros y departamentos de la Universidad tienen y ejercen las mismas funciones, y cuentan con los recursos necesarios para ello. Y si hay diferencias entre ellos de carga de trabajo, que se contemplen.

Todos hacemos alguna vez de todo, ocurre en todas las organizaciones. Pero no se trata de buscar comodines intercambiables de un lugar a otro. La gestión requiere cada vez una formación más técnica y especializada. Si un farmacéutico no parece apropiado para impartir Historia del Arte, un técnico en gestión de proyectos de investigación no puede destinarse de la noche a la mañana a gestionar un título de grado. Se trata de asignar a cada cual lo que le corresponde en función de su formación, dedicación y puesto de trabajo. Y después, si es posible, reconocer el trabajo bien hecho, pero esto ya es otro cantar.

Diferenciar entre tareas administrativas y académicas, valorar la productividad y carga de trabajo de gestión, establecer incentivos y apoyos compensatorios, apoyar y revalorizar la gestión intermedia es la mejor manera de evitar que el dinosaurio termine devorando el principal potencial de la Universidad, sus recursos humanos.

Lo peor no sería que la Universidad se extinga por falta de adaptación, como los dinosaurios, sino que se convierta en algo irrelevante en su contribución a una sociedad más justa y mejor formada. Por atrás vienen pitando las multinacionales, como Amazon, ofertando títulos universitarios enlatados y a bajo coste. Pero la Universidad no debe entrar a ese trapo, su función es otra, formar ciudadanos y ciudadanas y profesionales competentes, social y técnicamente.

La comunidad universitaria, con los candidatos a rector a la cabeza, debería promover iniciativas dirigidas a mejorar la gestión y calidad en el trabajo, estableciendo unas relaciones internas más justas y satisfactorias, lo que repercutiría en un mejor cumplimiento de sus funciones sin detrimento de las posiciones en los rankings, que parecen preocupar tanto actualmente.

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