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Fernando Monreal

Por un sanitario caído ante el virus

Pablo Riesgo debería ser ejemplo por su dedicación a los demás y el cumplimiento con su deber

En España, desde el inicio de la pandemia son ya 118.000 los sanitarios contagiados por el virus SARS CoV-2. No es un virus baladí. Es altamente contagioso y las nuevas variantes (mutaciones) parece que lo son aún más. Ciertamente no podemos descuidar la guardia y debemos de ser rigurosos con las medidas de distanciamiento social y de cubrirnos con las mascarillas de la manera adecuada; también con el hecho de saber manipular bien las mismas a la hora de quitarlas.

Pero quien se ha colgado el triste galardón de ser el primer sanitario del Hospital de Jove en fallecer a causa del coronavirus ha sido Pablo Riesgo, auxiliar de enfermería del servicio de urgencias. Uno de los muchos sanitarios de primera línea y, por lo tanto, de mayor de riesgo. En esta ocasión, a pesar de su juventud, su organismo no ha podido vencer al virus que está trayendo de cabeza al mundo entero.

Que haya tantos contagios nos está diciendo claramente que son muchas las cosas que no estamos haciendo bien, como, por ejemplo, el permitir que se fume por la calle. Fumar es un acto de alto riesgo, pues se expulsan con más fuerza las gotitas de Flügge, fuente principal del contagio por el SARS CoV-2. Ocurre lo mismo que cuando hablamos alto o cantamos, ya que esas gotitas salen expelidas más lejos y tienen más espacio aéreo de contagio. Es decir, que los famosos dos metros de distanciamiento se ven incrementados por el hecho de fumar; entonces, ¿por qué se hace la vista gorda con quien hace ostentación de llevar un cigarrillo entre los dedos de la mano mientras la mascarilla le cubre el mentón? Cuesta entenderlo.

Lo mismo que todas esas personas inmaduras y egoístas que organizan y asisten a fiestas o concentraciones multitudinarias. Los desastres se cocinan a fuego lento. Después nos llevamos las manos a la cabeza, pero es una crónica ya anunciada. Un buen escarmiento podría ser que visitaran una UCI y vieran la cara más oscura de la pandemia. Y presenciaran, también, cómo los profesionales sanitarios realizan su trabajo en duras condiciones, peleando por la vida de los pacientes mientras se encuentran rodeados de virus letales. La medida más eficaz que se puede aplicar contra el contagio es la voluntaria colaboración de la población.

Y la oleada de personas con secuelas crónicas está por venir. Afortunadamente son muchas las personas que han estado ingresadas en un hospital y que sobreviven al virus, pero también hay que decir que las secuelas les hace estar enfermos durante mucho tiempo antes de poder volver a sus quehaceres habituales.

Por desgracia, Pablo Riesgo no ha tenido esta oportunidad. Tras superar la infección a finales de noviembre, las secuelas se han cebado con él. Será añorado por sus familiares, amigos y compañeros, pero sería estupendo que su dedicación a los demás y su muerte por cumplir con su trabajo, con su deber de sanitario, sirvieran de ejemplo y evitaran otros contagios. Que concienciaran a la gente. Que este virus asesino afecta de igual manera a todas las edades. Que, si en la primera oleada de la pandemia afectó con más ímpetu a las personas de más edad, en esta tercera oleada son muchos los jóvenes que están ocupando camas de UCI.

Que el primer sanitario caído en el Hospital de Jove sirva de faro, de luz que haga ver a los incrédulos del virus que esto va en serio y que estamos hablando de vida y de muerte. Que es primordial el buen manejo de las mascarillas y el uso de los geles hidroalcohólicos. Que no podemos bajar la guardia. Que nos quedan meses difíciles, pero que, al final, entre todos lo conseguiremos.

Pablo Riesgo llamó a la responsabilidad de todos para evitar que la pandemia siga propagándose. Que su muerte no sea en vano. Que en paz descanse.

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