Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Esteban Greciet

Clave de sol

Esteban Greciet

Con altura de miras

El buen ejemplo de Quinquendone

Nunca pasaba nada memorable en Quinquendone, presunta población tradicional de Flandes que Julio Verne sitúa no lejos de Brujas al final del siglo XIX. Fue entonces cuando el burgomaestre de la ciudad y su Corporación deciden instalar el nocturno alumbrado público de gas, notable avance para la época.

Creo recordar que la obra se adjudica al equipo de prestigio que dirige un ingeniero químico, y un poco psicólogo, más conocido por el seudónimo de doctor Ox. Es quien intenta entonces, de acuerdo con el burgomaestre, un experimento paralelo para elevar el tono vital de los pasivos y conformistas quinquendoneses inyectando en el ambiente un gas estimulante mezclado con oxígeno.

Los espectaculares efectos no se hacen esperar. La vitalidad crece, los conflictos también, los bailes son enloquecedores, la ciudad se convierte en un torbellino de discusiones políticas, de diversiones locas y de creciente agitación social. Pronto salta la chispa de la tensión con el pueblo cercano por una antigua simpleza de lindes en las plantaciones de pepinos y se declara la guerra.

El pueblo se arma con lo que encuentra a mano, viejas espadas, fusiles de chispa, ondas, pedruscos, garrotes, tiragomas… El burgomaestre pronuncia un encendido discurso a la multitud en la plaza del Consistorio: “Aux armes, citoyans!”…

La Corporación quinquendonésica encabeza la marcha junto a los jóvenes en edad militar; un grupo de mujeres les siguen con la intendencia, la sanidad y los servicios auxiliares. Todos cantan la Marsellesa. Al llegar a la plaza de la iglesia, el burgomaestre manda parar para otear el horizonte desde la torre parroquial y tomar decisiones estratégicas.

La vanguardia se precipita a la alta escalera de caracol que sube al campanario, alcanzado no sin fatiga por los expedicionarios. Tras unos minutos para tomar aliento, el ventanal invita a contemplar el paisaje desde la altura. Todos quedan maravillados de una vista espléndida que va incluso más allá del pueblo rival que parece muy cercano, entre los meandros del río, los colores de la floresta, gorjeos de pajaritos y un surtido de aromas. Surgen los comentarios laudatorios y hay quien da un suspiro y resume la serenidad que a todos les invade; “¡Qué bien se está aquí!”. Como quien dice. Y ahí se acabó la guerra.

Algo había pasado. El gas irritante, más pesado que el aire, se había quedado por debajo de los seis metros. Y ese mundo, superior sin duda, constituyó la razón definitiva para devolver la sensatez a los quinquendoneses y a sus vecinos. Solución que todos celebraron con dulces y bailes.

¿No es cierto y deseable que aquí y ahora subiéramos al campanario de la sensatez para recuperar entre todos la cordura? Altura de miras se llama esto.

Se llamaba quiero decir.

Compartir el artículo

stats