Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Millas

El trasluz

Juan José Millás

Lloro y lloro

Soñé con una mosca cuyas patas tenían la longitud de las de un flamenco. Caminaba sobre un charco con las oscilaciones elegantes de un ave de esa especie y de vez en cuando inclinaba el cuerpo para llevarse a la boca algo de lo que flotaba en el agua, donde también había multitud de nenúfares. Me acerqué para verle el rostro y era el de mi psicoanalista. Esa misma tarde tenía sesión con ella y se lo conté.

–¿Tiene algo en contra de las moscas? –preguntó.

–Al contrario –dije–, soy un gran admirador de ellas. En algún sitio he escrito que son los ángeles de los pobres. En mi casa, cuando era pequeño, había muchas y convivíamos en armonía.

–Ya –dice la terapeuta.

Conozco ese “ya”. Suele utilizarlo como un punto de articulación entre un tema y otro. Pero yo no quiero cambiar de tema.

–¿Qué cree que significa el sueño? –pregunto.

–¿Qué cree usted?

–Creo que usted era, en el sueño, un trasunto de mi madre, en la que siempre quise ver la elegancia estilizada de un flamenco sin necesidad de que dejara de ser ella misma.

–¿Sin que dejara de ser una mosca? ¿La identificaba, pues, con ese animal?

–No de forma consciente, pero, pensando en el sueño, quizá sí.

En esto, una mosca sale de algún lugar de la consulta y comienza a revolotear cerca de mi rostro.

–Creo que he convocado a mi madre –digo medio en broma, medio en serio.

La terapeuta calla. Aunque no le veo la cara, porque se encuentra detrás de mí, percibo que se ha puesto tensa con la aparición del insecto, que se acaba de posar en mi frente y la recorre de un lado otro dándole besos, me parece a mí.

–Me besa –digo.

Entonces, ella se levanta, la ahuyenta con la mano y coge de una estantería un espray con el que rocía al bicho en pleno vuelo. El insecto cae, abatido por el ataque químico, en el suelo de la consulta.

Durante el resto de la sesión lloro y lloro.

Compartir el artículo

stats