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Roberto Granda

El Club de los Viernes

Roberto Granda

Contra Asturias

La tensión social que buscan los que tratan de imponer el bable

Si de algo puede presumir Adrián Barbón en su calamitoso mandato no es de haber sido buen albacea del más que competente Javier Fernández, sino de haberse acercado sin disimulo ni decoro a los grupúsculos nacionalistas asturianos que buscan la brecha social y el conflicto lingüístico a través de la imposición del bable.

En Asturias, se ha ido desarrollando un colectivo parasitario que ejerce como sumidero de dinero público, concentrando subvenciones y dádivas en sus bien cebados chiringuitos. Hay que comer todos los días. Paro ello, para alimentar su modo de vida, no tienen reparos en ir contra la ciudadanía asturiana y en plantar poco a poco la semilla de la pugna de lenguas, en una comunidad donde nunca existió una confrontación de ese tipo, pero que muchos cabestros quieren ver retoñar.

Con una visión tribal de la sociedad, que genera una involución donde los derechos los tienen las lenguas y no las personas, no sólo se da pábulo y billete a analfabetos funcionales, juntaletras sin talento, ágrafos en español, profesores ociosos de plaza y pesebre; también comienza el hostigamiento, sutil al principio, de todo el que no vaya a comulgar con la inmersión lingüística, sobre todo de aquellos cuyo sueldo depende del gobierno del Principado.

En una sociedad cada vez más abierta, plural, globalizada y donde las personas se mueven de un lugar a otro, de un país a otro, con pasmosa facilidad, usar el sentimiento casi étnico del ardor del terruño para espolear emociones y así ir introduciendo la obligatoriedad del bable manufacturado es una regresión lamentable y divisoria de la exaltación patriotera a escala regional. Pero meter a los niños, a las escuelas y a los sectores más vulnerables en la vergonzosa disputa y su particular idea de la cultura coloca a los bablistas en el sórdido lado de la abyección.

Por lo que, remitiendo al titular de este artículo, a pesar de sus consideraciones de pueblo y de ancestrales orígenes, de su supuesto amor a la tierra aborigen que habitan desde hace un montón de siglos, el movimiento nacionalista y bablista es principalmente un movimiento contra Asturias. Porque es cerril, es censor, es impositivo, de falso progreso y busca dividir a los asturianos, haciendo perder el tren de la comunidad próspera y plural, atractiva para el turismo, que alguna vez pudimos llegar a ser.

Ahora quieren, los entusiastas bablistas, instaurar una única forma de “ser” asturiano, o de sentirse, como si la pertenencia fuera un dolor de estómago. O como si “ser” asturiano fuera, por alguna desconocida razón, mejor que ser extremeño, que ser manchego, que ser riojano o de Villaseca de la Sobarriba.

No hay más que ver otros casos análogos de inmersión lingüística y sus nefastas consecuencias de escalofriante vigencia, para saber que lejos de potenciar dos idiomas, siempre se denigra uno, que suele ser el común; por no mencionar que querer equiparar el español, al que continuamente desprestigian con su estulticia, con el bable de laboratorio es una indecencia intelectual, propia del que ignora casi todo del primero pero ya se ve en la disposición de implantar el segundo. Un dislate comunicativo que suele ser la raíz de otras visiones nacionalistas, herméticas y sesgadas, basadas en atavismos irracionales.

Acaparando las instituciones y en concubinato con la izquierda sociológica, los que van contra Asturias esperan sacar pingües beneficios del río revuelto que previamente han agitado. Usando la metodología conocida de la coacción en distintas fases, primero apelan a la unidad de destino que debe ser la cultura asturiana, aunque sea una grotesca caricatura que ellos mismos han pergeñado, con tendencia a lo folclórico y a lo identitario. De ahí, se “sugiere” a diferentes trabajadores de lo público que vayan adoptando el bable en sus distintos procesos laborales, mientras se van colando con cada vez más fuerza en los temarios educativos. Pronto los profesores estarán al tanto de qué niños, en un intolerable alarde fascista, han rechazado cursar la asignatura de asturiano en sus tiernos aprendizajes. Y, sobre todo, lo sabrá el sindicalista, el mamerto con carnet de partido, el enviado de la Academia buscando su antagonista.

Mientras algunos hacen cuentas sobre el montante que van a llevarse crudo con toda esta farsa, otros calculamos el posible coste personal de enfrentarnos a los ceporros nacionalistas de filiación y cuota. Me parece bien.

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