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Francisco Bastida

Democracia plena y cretinismo político

Las sandeces que se le ocurren al supremacista moral de Pablo Iglesias

Democracia plena y cretinismo político

Democracia plena y cretinismo político

Vivir en democracia tiene el aliciente, pero también el inconveniente, de que cualquiera puede llegar a ser líder de un partido, ocupar un escaño en el parlamento e incluso gobernar. Esa es la grandeza de la democracia, que se torna en seria preocupación cuando de esa posibilidad se aprovechan personas mediocres. Hay que suponer que son un reflejo de la sociedad, porque si están ahí es porque han sido elegidos. No es un demérito de la democracia como sistema, sino de la sociedad que lo aplica.

Como si el país estuviese para fruslerías en estos momentos tan dramáticos, el vicepresidente del Gobierno, alineado con los independentistas catalanes, se dedica a negar, ni siquiera a dudar, que España sea una democracia plena. Llama la atención que lo diga desde tan alta posición institucional. Si se atiende al Índice de Democracia que publica cada año “The Economist”, los países, de acuerdo con varios criterios, aparecen agrupados en cuatro categorías: Democracias plenas, Democracias imperfectas, Regímenes híbridos y Regímenes autoritarios. Tanto en el índice de 2019 como en el más reciente de 2020, España figura en el primer grupo. En el segundo aparecen países tan importantes como Francia, Estados Unidos, Italia o Bélgica. Por supuesto, el índice es discutible, pero, si sirve para aceptar en las primeras posiciones a los países nórdicos y a Canadá, Alemania Australia, no cabe desautorizar la aplicación de los mismos criterios cuando se trata de España. Lo mismo sucede con el Índice de Estado de Derecho del World Justice Project, que sitúa a España en un puesto similar, incluso algo mejor.

Que hay muchas cosas que corregir en el funcionamiento de nuestro sistema democrático es evidente, pero una cosa es el análisis crítico y otra la acusación. Lo que hace Pablo Iglesias es descalificar nuestra democracia , o al menos así lo han entendido todos los que le aplauden, desde el Ministro de Asuntos Exteriores ruso a Junqueras, pasando por Puigdemont, huido a Bélgica, país que, por cierto, está en la mitad de la tabla de las democracias imperfectas. Hay que decir que a esa fiesta del descrédito se le ha unido el principal partido de la oposición, con Pablo Casado y Teodoro Egea al frente, en permanente cacerolada para que se les oiga hasta en Bruselas.

En campaña electoral el cretinismo político se acentúa, pero en el caso Pablo Iglesias parece que lo tiene de serie. Sería largo de enumerar el rosario de sandeces que se le ocurren a este supremacista moral para justificar su alegato. Desde la descalificación de nuestra transición política fuera de su contexto histórico, hasta equiparar con los presos políticos del franquismo a los líderes independentistas condenados por actos sediciosos que en cualquier país de los que figuran en los primeros lugares de las democracias plenas serían merecedores de penas iguales o mayores. Es más, en algunos países como Alemania ni siquiera serían lícitos los partidos independentistas en los que militan.

Seguramente es excesiva la clasificación que ocupa España en esos índices, porque no es normal que un Vicepresidente del Gobierno se dedique a denostar el funcionamiento democrático que el contribuye a deteriorar de manera notable con su comportamiento antisistema.

La precariedad del Gobierno es tan grande que su Presidente permanece impasible ante la deslealtad continuada de su socio y, peor aún, ante el desprestigio de las instituciones a cargo de las continuas soflamas de su Vicepresidente sobre la falta de normalidad democrática en España. Si hay anormalidad, él está entre ellas, y si hay algún preso político en España, ése es Pedro Sánchez, rehén de un socio que ya antes de formar Gobierno sabía que iba a convertirse en su pesadilla. Cesarlo sería lo propio, pero eso llevaría a unas nuevas elecciones que el país en la presente situación no se lo puede permitir y puede que la polarización actual de la sociedad diese un resultado no muy diferente del ya existente. Sin embargo, si Sánchez no hace valer su autoridad como Presidente del Gobierno, su silencio es la medida de su debilidad y también de su falta de dignidad política e institucional.

La mayor anormalidad democrática tiene su origen en el funcionamiento de los propios partidos, ya sea en su financiación ya en el reparto de puestos en órganos que tendrían que ser independientes, y ahora también en su infantil comportamiento de establecer vetos por doquier. Lo llaman cordones sanitarios, pero ni son sanitarios, porque en política no hay más insano que cerrar las puertas al diálogo y al pacto, ni son cordones, porque fácilmente se convierten en sogas cuando no hay mayorías. Y Pablo Iglesias está jalando de la cuerda.

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