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Joaquín Rábago

¿Es EE UU la democracia perfecta que nos pintan?

Las disfunciones del sistema estadounidense tienen mucho que ver con su Constitución, urgentemente necesitada de reformas

El demócrata Joe Biden prestó su juramente como cuadragésimo sexto presidente del país en una capital cuyos vecinos, mayoritariamente negros, no tienen representación en el Senado pese a superar aquélla en población a dos Estados de mayoría blanca como Vermont y Wyoming.

Es ésa una de las peculiaridades de una democracia que la eficaz propaganda de la superpotencia, canalizada a través de los medios y del cine de Hollywood, ha dado en presentarnos como una de las más perfectas, sino la más perfecta del mundo.

Pero, como critica, entre otros, el politólogo Paul Simon, a pesar de la ley electoral de 1965, que eliminó las barreras todavía allí existentes al voto de los negros, Estados Unidos mantiene un sistema de elección ideado para aplacar a los esclavistas del siglo XVIII.

Un sistema basado en el llamado “colegio electoral”, que hace que las regiones tradicionalmente más conservadoras, por no llamarlas directamente “reaccionarias”, tengan clara sobrerrepresentación en el Senado.

El hecho es que cada Estado, con independencia de su población, puede enviar sólo dos senadores a la Cámara alta. Es decir que California, por ejemplo, con cerca de 40 millones de habitantes tiene allí la misma representación que Wyoming, con 600.000.

Además, el Presidente no es elegido directamente por los ciudadanos sino mediante la agregación de los escaños de uno y otro partido en cada uno de los cincuenta estados del país: Puerto Rico, Estado libre asociado, no cuenta para nada.

De esa forma, los pequeños estados, de mayoría abrumadoramente blanca, tienen un peso desproporcionado en la Cámara alta, que es además la que debe dar su aprobación al nombramiento por el Presidente de los jueces de un órgano de tanto poder como es el Tribunal Supremo.

Como explica en un artículo publicado en el semanario “Die Zeit” el profesor de la Facultad de Derecho de Columbia (Nueva York) Jedediah Purdy, el actual Partido Republicano es minoritario en lo que se refiere tanto a los votos al Congreso como al voto popular del Presidente.

En el siglo XXI, los republicanos han ganado tres veces las presidenciales, aunque tan sólo una vez gracias al voto directo de los ciudadanos: con un George W. Bush que se presentó al electorado como el “wartime president” (presidente para tiempos de guerra): en su caso, las de Afganistán e Irak.

2004 fue el único año desde 1988 en el que un candidato republicano superó a su rival demócrata en el llamado “voto popular”, que es siempre independiente del realmente decisivo para la elección del Presidente: el del colegio electoral.

Y, a pesar de ello, en el Tribunal Supremo, cuyos nombramientos corresponden de forma exclusiva al Presidente, los jueces más conservadores tienen actualmente una mayoría de seis frente a tres progresistas.

La política norteamericana se concentra además, explica Purdy, en una institución tan carismática y visible como es la presidencia del país y los partidos dirigen siempre su estrategia hacia la conquista de tan poderoso cargo.

Sólo en ocasiones excepcionales se consiguen la aprobación de leyes de amplio alcance que puedan resultar atractivas para sectores de la población que muchas veces no votan por considerar que es sólo una pérdida de tiempo, ya que no van a ver atendidas sus necesidades.

Una de esas excepciones fue el “New Deal”, el programa estatal intervencionista lanzado por el presidente demócrata Franklin Delano Roosevelt en los años treinta del siglo pasado para paliar los efectos desastrosos de la Gran Depresión y sostener a las capas más pobres de la población.

Dado que los programas políticos capaces de cambiar las cosas son bloqueados por uno y otro partido, las contiendas electorales tienen en Estados Unidos un carácter marcadamente simbólico a la vez que defensivo. A los electores, explica Purdy, no se los moviliza prometiéndoles un mundo mejor –saben que eso no va a ocurrir–, sino que se les conmina, sobre todo, a esforzarse en cerrarle el paso al candidato del partido rival.

Las campañas electorales estadounidenses son una especie de lucha libre en la que todo, incluso las más sucias maniobras, está permitido con tal de despertar el miedo, por no decir el terror, del partido rival.

La campaña de Donald Trump se basó fundamentalmente en tan perversa estrategia: el republicano alimentó entre sus fanáticos seguidores el sentimiento contradictorio de ser una minoría amenazada a la vez que la mayoría natural, auténtica, de un país excepcional.

Para el profesor Purdy, las disfunciones del sistema democrático estadounidense tienen mucho que ver con la propia Constitución, tan urgentemente necesitada de reformas capaces de adecuar las estructuras políticas a la compleja realidad demográfica y social del país.

Pero ¿quién se atreverá a dar ese paso cuando los poderes fácticos parecen tan contentos con el “statu quo”?

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