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Fernando Monreal

Cara a cara con el retrato de Felipe II

Reflexión sobre el monarca a partir del cuadro de Sofonisba Anguissola

–Mira, fíjate bien; a mí me deja helada su mirada: es sumamente fría, escrutadora e inteligente; pero sobre todo fría, aceradamente fría.

–Es la mirada de un rey cualquiera, ¿no te parece? La mirada del soberano hacia sus plebeyos; del que está por encima de todos ellos, pues es su Señor.

–Además, ese blanco mate de su rostro me hiela los ojos; y me imagino que esta misma sensación la tiene que tener cualquier espectador que se ponga delante de él.

–Sin duda es el contraste con la ropa negra y el sombrero alto, también de color negro y con las gorgueras de impecable rizado. Todo ello es lo que realza la palidez de su cara. Pero curiosamente, a pesar de esa mirada, no se advierte ni un matiz de soberbia.

–Quisiera saber qué sintió Sofonisba Anguissola mientras lo pintó en el año 1573. ¿Tendría, también ella, esta sensación de la que te hablo? ¿O, acaso en el trato más cercano el rey era más cálido con quien fue dama de compañía de su tercera esposa, Isabel de Valois?

–No lo sé, pero, ciertamente la pintora tuvo una gran sagacidad psicológica, pues extrajo del monarca su carácter, dejándolo plasmado en el lienzo. Además la sobriedad del colorido y la exactitud de aquella luz que le cae sobre la frente son perfecciones geniales.

–Es curioso, porque de joven, Felipe II fue pintado por Tiziano. Por aquel tiempo tenía una barba rubia, y ya los labios eran gruesos y caídos como su padre, el Emperador Carlos I de España y V de Alemania.

–Es lo que se llama prognatismo; me refiero a la protrusión del maxilar inferior que mencionas.

–Sin embargo, ahora ya es el retrato de un hombre maduro. Podríamos decir que, para la época, era un viejo.

–Sí, así es, su mirada ya muestra el cansancio de la vida. Es viejo, pero sin asomo de decrepitud. Es la edad más sabia y serena de la vida, en la que el hombre contempla el panorama del mundo sin miedo ni indignación. Es la edad filosófica saturada de estoicismo.

–Sí, hay que tener en cuenta que sus mayores empresas ya las ha consumado: venció a los turcos en Lepanto y humilló al rey francés en la batalla de San Quintín.

–¿Tu crees que se sintió satisfecho por todo ello?

–Su semblante no nos va a responder: ni una sola arruga; ni un rictus en sus labios y comisuras. Guarda en secreto sus sentimientos. No nos ofrece pistas para responder a tu pregunta.

–Tal vez se sienta fracasado. Su padre le legó una corona ilustre con grandes provincias y hasta naciones enteras; además hay que contar con Hispanoamérica. Sus ejércitos eran temidos y sus embajadores podían hablar con orgullo en las más altas cortes… ¿Qué le queda ahora? Perdió su poderío naval contra los ingleses, que ya no volvió a recuperar; los Países Bajos se cubrieron de sangre con la ayuda del duque de Alba.

–Y, también es cierto que la salud no le acompañó. Entre una y otra cosa todo ayudó a que se recluyera en El Escorial donde duermen los restos de tantos reyes, entre ellos, el suyo.

El guardia de seguridad se acercó a nosotros; cortésmente nos indicó que el cierre del museo se hallaba próximo, por lo que retrocedimos sobre nuestros pasos para salir de la sala de los retratos del museo del Prado. Pero, antes de abandonarla definitivamente giré mi cuerpo y contemplé por última vez el retrato de Felipe II. Sí, su figura tenía un aire de distinción y de elegancia que la hacían inconfundible. Deduje que si alguien tiene derecho a ser llamado Rey, ese era el misántropo de El Escorial. Sin duda, un gran retrato de Sofonisba Anguissola.

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