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Javier Ciervo

Un millón

Javier Cuervo

Noches de ardiente Hasél

En nombre de la libertad del músico Hasél unos manifestantes bajaron a pedradas los cristales de la puerta del Palau de la Música en un razonamiento equiparable al de “como sé que te gusta el arroz con leche por debajo de la puerta te paso un ladrillo”. En favor de la libertad de expresión un chaval llevó media docena de chupas de una tienda estableciendo una relación directa entre uno y otro como la de tener tos y rascarse los cojones, según expresión popular con vocabulario hip-hop.

La confusión entre enfadados puede llevarles a creer que ejercen el legítimo derecho pacífico a la violencia contra el monopolio del Estado a tirar de palo y tentetieso de tantas maneras legales y aceptadas. Hay cabreo, eso pasa, e igual que hay personas que se enfadan y se van a la cama sin cenar hay individuos que no pueden salir de casa de sus padres por falta de empleo y van a comisaría por quemar un contenedor. No es nuevo y tiene mucho que ver con las vueltas de la tuerca del descontento que aprieta el fracaso de la sociedad. No todas las personas indignadas se sientan en círculo a hablar de política en la Puerta del Sol como pasó un 15 de mayo y siguientes.

Este enfado que hoy es por Hasél, (que no merece tanta prosa jurídica ni tanta baba tertuliana que rapea parecido en sentido contrario) un rimador de demagogia que pasa de las palabras a los hechos pegando a periodistas y amenazando a testigos como cualquier macarra de puerta de juzgado. Este enfado ayudó a levantar barricadas en Vía Laietana en favor de la independencia y hace 20 años estropeó el balance a la aseguradora de escaparates de “El Corte Ingles” de Barcelona en favor de unos okupas.

No tienen razón, pero no se hace por la razón. Piensan que no hay derecho, pero lo hay y trabaja en su contra. Defienden la acción, aunque en la reacción pierdan un ojo, que es la mitad de un sentido. Y hacen falta todos los sentidos a pleno rendimiento para sobrevivir a este sinsentido de un paro juvenil del 41%, una precariedad en el empleo del 71% y la disminuida vida de la pandemia.

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