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Daniel Capó

Un país deshecho

La clase política que capitaneó la post-Transición entrega un país roto

Los rumores circulan veloces estos días por la capital. Los resultados de las elecciones catalanas abren un nuevo escenario en Madrid; la tensión se intensifica entre el PSOE y Unidas Podemos (UP), con acusaciones de abierta deslealtad hacia el partido morado; la debilidad manifiesta del PP y de Cs acrecienta las expectativas de Vox; el drama económico (las cifras hablan de un mes de enero nefasto para los comerciantes y para la restauración) se agranda a la espera de unas vacunas que se confía sean milagrosas. Tensión, miedo, desconfianza, incertidumbre... Y entonces las revueltas callejeras por la condena al cantante de rap Pablo Hasél estallan en toda España amenazantes como una acusación contra el presidente Sánchez.

Sólo el tiempo dirá si se trata de un nuevo 15-M y si Sánchez opta por convocar elecciones generales pasado el verano –como apuntan algunos rumores– o si, por el contrario, prefiere resistir en la Moncloa esperando que el temporal amaine. Su capitán general, Iván Redondo, cuenta con argumentos para ambas alternativas. La debilidad del PSOE no es tal cuando se la compara con la vía muerta en que ha acabado el centroderecha nacional. Casado y Arrimadas suman una derrota electoral tras otra, sin que sus respectivas estrategias den –al menos en apariencia– ningún fruto. La definitiva explosión del “caso Bárcenas” supone una amenaza continua para los populares, que, sin algún tipo de refundación, tienen muy difícil quitarse de encima las pesadas sombras del pasado, y más en un momento político que en nada los beneficia. De igual modo, la experiencia nacional de Cs se ha sellado en un fracaso indudable que podría apuntar hacia una próxima disolución. ¿Podrá soportar UP su pertenencia al Ejecutivo? De entrada parece difícil, aunque en Cataluña han resistido mejor de lo previsto. Sin duda, la agresividad actual de sus portavoces en contra de la democracia española –que no consideran “plena”– y de la Corona tiene que ver con el deseo de recuperar su ADN original y desligarse del PSOE. Marcar distancia, diríamos, para no ser absorbidos por los socialistas y así activar su base de votos contestatarios, de aquellos que no simpatizan con las actuales políticas socialdemócratas de Calviño y Escrivá.

Si Sánchez optase por convocar elecciones pasado el verano, jugaría con el marcador a su favor por falta de adversarios. Si opta por resistir y esperar, tal vez también juegue con ventaja –gracias a la lluvia de fondos europeos y a la previsible mejora de la pandemia–, aunque no cabe descartar nuevas incertidumbres. La principal es saber hasta qué punto se van a tensar las relaciones con UP y ERC. ¿Qué está dispuesto a dar Sánchez? ¿Y qué van a exigirle realmente –y no de cara a la galería– sus socios? Son tiempos revueltos que nos hablan del agotamiento de un ciclo. Por una multitud de razones, la clase política que capitaneó la post-Transición nos entrega una sociedad rota y polarizada, una economía en declive, un país deshecho, desindustrializado, notablemente endeudado, carente de un tejido científico de vanguardia y con una cultura política asombrosamente empobrecida. La realidad es como es y no como nos gustaría que fuera.

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