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Juan Fueyo

Yonquis del petróleo

Ideas para la deshabituación y rehabilitación de los combustibles fósiles

Declarar ilegal la gasolina, como ocurriría con la heroína o la cocaína, sería una mala estrategia. Sabemos que prohibir el consumo de drogas sólo empeora la situación. Así que lo primero es reconocer que la adicción existe y luego encontrar estrategias alternativas al consumo. Pero hay que ir con cuidado, el síndrome de abstinencia podría ser mortal. Mi barrio en Houston, capital americana del petróleo, podría llegar a desaparecer.

Los distribuidores de la droga negaban el delito ecológico; pretendían que ni la adición era un problema ni el desastre era antropogénico, y animaban a esnifar por el tubo de escape de la Matrix. Tres libros, tan valientes como recientes, denuncian la adicción y ofrecen ideas para la deshabituación y rehabilitación.

El primer libro, “The New Climate War: The Fight to Take Back Our Planet” (12 de enero, 2021) de Michael E. Mann, es un canto a las energías renovables. Según Mann, la eólica y la fotovoltaica se impondrían fácilmente a las tradicionales si compitiesen de manera justa con ellas. El texto es también un himno de guerra –como anuncia su título– contra quienes apoyan los combustibles fósiles, que han pasado de negar la existencia del cambio climático a tácticas más sutiles.

En 1980, cuando Bill McKibben escribió “The end of Nature” –un lamento sobre cómo la Naturaleza perdió su independencia–, las evidencias del ecocidio relacionado con el cambio climático eran rudimentarias. Para los cárteles del petróleo, ir de farol con un órdago a la grande era factible: el calentamiento global no existía. Cuarenta años después, la abominable aceleración del desastre planetario se ha hecho evidente para la mayoría.

Para muestra, basta un glaciar. Una placa de agosto del 2019 colocada sobre la roca desnuda de un volcán situado al noroeste de Reikiavik recuerda a Okjokull, el primer glaciar extinguido por el cambio climático en Islandia, y se clarifica un mensaje nada subliminal: “Este monumento es para reconocer que sabemos lo que está sucediendo y aquello que es necesario hacer”. La esquela del glaciar no es una noticia aislada, los medios proveen datos verificables e inequívocos a diario. Los mercaderes de la duda han fracasado: la sensación de incertidumbre se ha transformado en un escalofrío de peligro.

Es por eso que los dueños de los combustibles pretenden distraer la atención sobre el imprescindible e inexcusable papel que deben jugar gobiernos y empresas –solo ellos, piensa Mann, frenarán el proceso–. Las nuevas tácticas sibilinas afirman que bastan cambios en el comportamiento del ciudadano para solucionar el problema: si reciclas el plástico, salvarás al planeta; no es necesario buscarle alternativas, ni hay razón para dejar de producirlo. No hay responsabilidad en las multinacionales: sólo en María y José. Mann también quiere eliminar, por falso, el fatalismo. Los enemigos afirman que ya nada puede hacerse. Hemos cruzado la línea roja y ahora el proceso es irreversible. Pero el futuro no es irrevocable hasta que se convierte en pasado. La desesperación, parece advertir Mann, miente tanto como la esperanza.

El segundo libro, “Cómo evitar un desastre climático” (16 de febrero, 2021) de Bill Gates, discute aspectos poco conocidos de las causas del calentamiento global incluyendo la producción de acero y cemento, responsable del 16% de las emisiones de CO2. Un tema significante: el mundo construye una nueva Manhattan cada mes y lo seguirá haciendo durante cuarenta años. Gates apuesta por las nuevas tecnologías que extraen el C02 directamente del aire. Y concluye que, aunque las energías renovables pueden producir un 80% de la energía necesaria (Mann defiende que pueden llegar al 100%), la energía nuclear tendrá que ocuparse del otro 20%. Sin energía nuclear, Gates predice, no se podrá llegar a la meta de cero emisiones. Otro concepto simple, pero con profundas implicaciones, al que Gates se refiere como Green Premium, define la diferencia de costo entre manufacturar con producción de gases de efecto invernadero y manufacturar sin esas emisiones; es decir: el exceso del coste de la fabricación más ecológica. Un baremo que podría utilizarse para negociar con compañías y gobiernos. Por último, el gran innovador advierte que sin innovación no habrá futuro.

Elizabeth Kolbert, autora de “La sexta extinción” –donde predice la extinción del 20-50% de todas las especies, incluyendo la humana, durante este siglo–, acaba de publicar su tercer libro sobre cambio climático, “Under a White Sky: The Nature of the Future” ( 9 de febrero, 2021). La periodista del “New Yorker”, ganadora del Pulitzer, se pregunta: ¿Son beneficiosas las intervenciones contra las intervenciones que nos ha llevado al cambio climático? Kolbert no peca de ingenua: ese desfacer entuertos podría empeorar las cosas. En el caso de los arrecifes de corales, amenazados por la acidificación del océano y la contaminación, los científicos intentan asistir su evolución para que sean más resistentes a las nuevas y perversas condiciones. La humanidad invade con especies foráneas un lugar y luego utiliza helicópteros para destruirlas. Esas puyas tangenciales a propuestas supuestamente inteligentes, estrepitosamente sofisticadas, llenan las páginas. El mensaje positivo: hay una gran variedad de extraordinarios científicos que proponen ideas tan brillantes como innovadoras para atajar el cambio climático y sus efectos.

En el siglo XIX, el científico irlandés John Tyndall demostró que el CO2 producía un efecto invernadero. La lucha contra el cambio climático comenzó con científicos japoneses y americanos en la década de los ochenta. La curva de Keeling, famosa entre los especialistas en medio ambiente, muestra la empinada subida de emisiones de C02 desde 1958 hasta el 2015. Pronto alcanzaremos niveles que no existían desde el Ecoceno, hace 50 millones años. Los “covidians”, niños nacidos durante la pandemia, heredarán una Tierra hostil.

La Historia, bromeaba Cioran, es ironía en movimiento. Harta de que arruinemos todo lo que tocamos –aire, jungla y mar–, Gaia dejará que nos autoextingamos. Será, de alguna manera, un suicidio altruista: “La humanidad se inmola por el bien del planeta”. Un titular que nadie leerá. Con la civilización se habrá extinguido el sarcasmo.

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