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Antonio Arias Rodríguez

José María Fernández Pirla, in memoriam

Adiós a quien fue primer presidente del Tribunal de Cuentas y profesor de la Escuela de Comercio de Gijón

Nuestra década de los cincuenta suele calificarse de “España resignada” por la escasez generalizada (las cartillas de racionamiento, el biscúter) en una sociedad que observaba sin demasiado entusiasmo la llegada de los americanos con las bases y su cine. Durante esos años, un jovencísimo Profesor Mercantil y Actuario de Seguros, que había ingresado en el cuerpo Técnico de Administración Civil del Estado, José María Fernández Pirla, obtenía, con solo 25 años, la Cátedra de contabilidad en la Escuela de Comercio de Gijón.

Su paso, aunque breve, marcó una huella imborrable en el histórico edificio proyectado por Manuel del Busto hace 120 años. En su afán docente e investigador, tras la creación de la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas en Madrid, el doctor Pirla obtendrá en 1956 la cátedra de Economía de la Empresa en la Universidad Central (luego, Complutense de Madrid). Dos años después se hizo Inspector de Finanzas del Estado, cuando un solo trabajo no daba para soñar con comprar un pisito. Diez años más tarde ingresaba en el cuerpo de Agentes de cambio y bolsa, lo que sin duda contribuyó a mejorar sus finanzas domésticas.

Nuestro joven catedrático fue una estrella fugaz que pasó por Asturias, como un Bahamontes o un Arturo Pomar, pero “dejando escuela” en aquella oscura época. Una auténtica personalidad científica con amplia actividad académica que acabó convirtiéndose en un verdadero “Maestro de maestros”, como le llamaban en clase mis profesores Viliulfo Díaz o Hector Centeno varias décadas después.

Durante los años siguientes se configura en la capital de España un grupo de profesores venerables que prestarán grandes servicios durante la transición política. Desde Fuentes Quintana y Fernández-Miranda hasta Tomás y Valiente. Pirla no fue una excepción y, con esa brillante trayectoria no es extraño que, tras la aprobación de la Constitución Española, fuese elegido como primer Presidente del Tribunal de Cuentas (1982) y reelegido posteriormente para un segundo mandato, hasta 1988. Parecería que dedicarse a la contabilidad era una ciencia menor. Hasta la llegada de la democracia, así era percibido por muchos pues la desidia recaudatoria de la Hacienda pública o nuestro rudimentario mercado financiero hacían innecesario su progreso. Todo eso cambió a partir de los años ochenta. “El hecho contable tiene su origen en la preocupación del hombre por el orden y en la necesidad de consensuar y atribuir valores a las cualidades, lo que simplifica las decisiones”, nos recordaba Pirla hace más de tres décadas en su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras. En efecto, un problema se “aprecia” (curioso verbo) cuando se cuantifica, se mide y todos nos damos “cuenta” de su verdadera “magnitud”.

Los contables siempre han sido considerados unos empleados pacientes, poco extrovertidos y recelosos con las innovaciones. Poco dados al aplauso. Su principio favorito es la prudencia: “Los gastos se registran cuando se conocen, los ingresos cuando se devengan”. Además, para evitar la ingeniería financiera (que proliferó en tantos países) impusieron un axioma revolucionario: la realidad económica prevalece sobre la forma jurídica. Las cosas son lo que son, no lo que parecen.

Esta misma semana, tras el fallecimiento de uno de los padres españoles de la contabilidad y la economía de la empresa, José María Fernández Pirla, a los 95 años, hacemos “balance” (otro concepto contable) y constatamos la gran “pérdida” que hemos sufrido. Nos quedan sus miles de discípulos, sus obras pioneras y todo el “valor añadido” al conocimiento financiero de generaciones de economistas.

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