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Manuel Gutiérrez Claverol

A vueltas con el Antropoceno

Una escala temporal geológica asentada en los residuos humanos: los ejemplos asturianos

El término Antropoceno fue propuesto a comienzos de siglo por el premio Nobel de química Paul Crutzen y el norteamericano Eugene F. Stoermer como alternativa a suceder al Holoceno –época geológica del periodo Cuaternario iniciada hace 11.700 años–, dada la relevante influencia de las actividades humanas sobre nuestro planeta, lo que provoca modificaciones climáticas, crecida del nivel del mar, proliferación de especies invasoras, difusión incontrolada de materiales plásticos y otros diversos, etc. De hecho, etimológicamente Antropoceno proviene de la voz griega “ánthropos” que significa hombre o ser humano. Se trata de una especie de marcador que señala el final del Holoceno y el inicio de otra era marcada por un febril dinamismo consumista.

A pesar de que el vocablo aún no tiene confirmación oficial se están dando pasos firmes hacia su incorporación al léxico científico. En los inicios se propuso como punto de arranque del nuevo ciclo el año 1784, fecha en la que se abrieron las puertas a la Revolución Industrial con el perfeccionamiento de la máquina de vapor. Recientemente se creó en 2009 el Grupo de Trabajo del Antropoceno –dentro de la Comisión Internacional de Estratigrafía–, que publicó el año pasado los resultados de una encuesta efectuada entre los miembros del comité, acordando por amplia mayoría (un 85%) considerarlo como una unidad cronoestratigráfica. Su comienzo se situaría a mediados del siglo XX, lapso en el cual se aceleró la elaboración fabril utilizando energías fósiles y productos agrícolas químicos, la aparición de los plásticos, al mismo tiempo que las primeras explosiones atómicas realizadas entre 1945 y 1963 cubrieron el globo con isótopos radiactivos, cuya evidencia quedó registrada tanto en los sedimentos como en el hielo glaciar.

Algunos autores se refieren a la época aludida como “la gran aceleración”, con base en que se han sobrepasado en poco tiempo ciertos límites biogeofísicos: clima, alteración de la cubierta vegetal, pérdida de biodiversidad y desaparición de especies animales. Otros estudiosos van más allá e incluso proponen la denominación de “Capitaloceno”, refiriéndose al sistema económico de consumo imperante especialmente en el ámbito occidental, por consiguiente estos cambios históricos no ocurrieron en el mismo momento ni en todos los lugares.

Si bien existen ejemplos elocuentes de sedimentos antropocenos en muchas zonas del mundo, son famosas las playas cementadas (“beachrock” en inglés) existentes en el País Vasco derivadas de la polución siderúrgica ocasionada por Altos Hornos de Vizcaya al verter al mar esta empresa casi 30 millones de toneladas de desechos entre 1902 y 1966. Aunque muchos de ellos consolidaron en la plataforma marina, una fracción notable fue arrastrada por el oleaje –singularmente durante grandes tormentas– hacia el litoral, dando lugar a playas con capas sedimentarias litificadas compuestas por compuestos procedentes de la industria (p. ej., las playas de Arrigunaga, Tunelboca y Gorrondatxe o Azkorri, en el municipio vizcaíno de Guecho), discordantes sobre rocas más antiguas, con una porción conglomerática en la parte inferior muy cementada a la que superpone otra arenosa más incoherente. Estos depósitos –a veces con un grosor de hasta diez metros– son consecuencia de la actividad económica y en su composición predominan lo que se llaman “tecnofósiles”: remanentes de escorias, ladrillos refractarios, latas, plásticos, vidrios, etcétera.

Obviamente Asturias –como tradicional región manufacturera– no podía quedar al margen de exhibir ejemplos que delatan el quehacer humano. Huellas destacadas son las abundantes escombreras de estériles del carbón y las galerías que jalonan las cuencas mineras, sin obviar alguna playa fósil con residuos de antropización o las rías del Nalón y Avilés, ésta modificada artificialmente, aquélla muy transformada en la desembocadura fluvial donde se aprecia un potente nivel arenoso de color grisáceo, originado por la contaminación de los restos carbonosos transportados por el río, hecho bien constatado en el entorno de San Juan de la Arena (Soto del Barco).

Quién puede disentir con la atinada opinión ecológica del Papa Francisco: “La Tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”.

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