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Josefina Velasco

Iluminando el siglo XVII

La centuria en la que Asturias solo pareció dormida y la recuperación de las actas de la histórica Junta General

Iluminando el siglo XVII

Iluminando el siglo XVII

Los investigadores, y tal vez los lectores más aventajados de la Historia asturiana, saben que no es cierto, pero para la mayoría el siglo XVII asturiano queda un tanto oscurecido ante el ilustrado Siglo de las Luces, aquel XVIII en el que brillaron, aquí y en la Corte, los Campillo y Cossío, Campomanes, Gaspar de Jovellanos y Benito Jerónimo Feijoo, por citar lo más granado y brillante de entonces. Pero no fue una generación espontánea. El marginal y lejano territorio del norte, periferia del Imperio de accesos imposibles y escasa relevancia, no lo fue tanto como desde ahora parece. El viejo reino astur, «origen de la Reconquista», Principado ligado al heredero al trono desde 1388, exhibió ante la Corona siempre ser origen del reino y a Pelayo como «héroe mítico», el primer rey. Pero la importancia real de Principado de Asturias había declinado. «Y la ciudad de Oviedo y Principado de Asturias tan poco favorecido que aun siquiera tiene voto en Cortes que tienen otras ciudades que jamás dieron título al Rey Christiano», un privilegio que se reclamó insistentemente, aunque había voces discrepantes, por suponer un desembolso económico poco rentable.

En el siglo XVII asturiano hubo hechos transcendentes. A pesar de las lagunas documentales, en la secuencia de las viejas actas algunos años se puede seguir la vida regional aunque «el control absoluto de cargos y oficios se concentraba en los miembros de los estamentos nobiliarios, de la hidalguía local y del clero, auténticos gestores y motores de la vida local de la época». Sabemos que la centuria empezó con una peste que diezmó la población; las quejas por las pérdidas, la pobreza o el hambre son constantes. El número de vecinos no se recuperó hasta iniciado el dieciocho. Y la peste terrible amagó con volver a las andadas varias veces. Apenas recuperado en parte, las guerras con Inglaterra o Francia o, en el aciago año de 1640, el estallido de las secesiones catalana-portuguesa se llevaron recursos y hombres. Los conflictos europeos debilitaban al acosado imperio de la monarquía hispánica y esta presionaba a sus súbditos. Se tenía la sensación de que en cada tratado algo se perdía. Así pasó con la Paz de Westfalia en 1648, el Tratado de los Pirineos en 1659 o el Tratado de Lisboa y la pérdida de Portugal en 1668; por el contrario la desafección catalana finalizó con su reincorporación en 1652. Y las crisis provocaban derramas y peticiones de medios que el pobre aunque orgulloso Principado de Asturias no podía asumir. Se reflejan e insertan en nuestras actas, además de los debates de los procuradores, documentos y firmas de validos y titulares de las cancillerías regias de Felipe II, III, IV o Carlos II, último de los Habsburgo. El reflejo de la Corte en Asturias y del protocolo seguido en nacimientos, nombramientos de príncipes de Asturias, matrimonios y fallecimientos también se deja ver, al igual que las difíciles andanzas de los comisarios designados por la Junta ante la Real Corte. Y los Quirós, Miranda, Queipo y demás titulados dominaban la política de aquí y la influencia en Madrid.

En clave interna nuestra colección desgrana la difícil ejecutoria de los corregidores, gobernadores reales ante una Junta General que no siempre fue fácil de controlar y ante la que debían jurar cargos y rendir cuentas. Pasaron en este siglo y pico una treintena de ellos de distinta memoria. Duarte de Acuña, en 1594 o Lorenzo Santos de San Pedro en 1659 se responsabilizaron de Ordenanzas que en el caso del primero fueron rubricadas por Felipe II y en el del último, sin firma real, tuvieron una gran efectividad al ajustarse a lo que era la realidad de la Asturias de entonces. Otros tuvieron sonados desencuentros con los poderosos locales. Hubo un centenar de Juntas y muchas más diputaciones para gestionar los asuntos acordados. La regulación de la representación de los concejos, los votos, el asiento de la Iglesia y los destacados clanes familiares, las interferencias en las elecciones concejiles poco pacíficas, los repartos de responsabilidades eran temas de índole interna, básicos para investigar las relaciones de poder en el seno de la institución regional, reflejo de la sociedad. Nuestro índice onomástico da cuenta de todo ello. En la maravillosa sala capitular de la Catedral se reunía en pleno la Junta General.

Hubo cosas positivas. En 1608 se abrió la Universidad, décadas después de que el testamento del inquisidor Valdés Salas así lo dispusiera. Y con la Universidad vino la vida académica, los colegiales y sus andanzas y bullicio. Oviedo, capital de monasterios y conventos viejos, se vistió con nuevos palacios. Los Camposagrado, Valdecarzana, Oviedo- Portal o Toreno los planearon o construyeron siguiendo a Marcenado y otros. Los nobles se urbanizaron y la sociedad se hizo más diversa. Hubo más artesanos, más sirvientes. Todos se mezclaban en las callejas que desbordaban el cinturón roto de la muralla que abrazaba la ciudad. Hasta un gobernador se atrevió a poner en marcha un corral de comedias pese a las reticencias.

El maíz, aclimatado aquí por iniciativa de Méndez de Cancio, seguidor de las andanzas del gran Pedro Menéndez de Avilés y de otros relevantes indianos, fue antídoto contra el hambre secular, ganando a los tradicionales escanda, centeno o mijo, dejando que, en buenos tiempos, escasos, se pudiera comerciar con nueces, avellanas o naranjas, además de productos de forja. Avilés fue el puerto de Asturias, pero preocupaba el arreglo de los muelles de las villas marineras de Gijón, Candás, Luarca, Ribadesella o Llanes. Ellas protegían las costas y traían productos de exterior, aseguraban el comercio y abastecían de pesca, por eso se prohibía la corta de árboles, «en las cinco leguas de la mar» para asegurar la construcción de barcos. Los caminos y puentes reclamaban permanentes arreglos; el mal tiempo, las lluvias torrenciales, las «aguas sin ley» de aquel siglo de clima imposible los dejaba inservibles cada poco. La Fábrica de Caminos, especie de «empresa pública» del momento, no daba abasto. Se resquebrajaba la economía de la Cofradía de Santa Eulalia, patrona de todos, asistiendo a los desprotegidos, o realizando fiestas que también sanaban. Las quejas de los pueblos y villas, de los campesinos y artesanos no paraban, atendidas a veces y otras relegadas ante las preferencias de los poderosos, al final interesados en el bienestar del pueblo pues de ellos vivían. Bulle la vida en los áridos escritos de las actas.

Hoy el parlamento asturiano se llama Junta General del Principado de Asturias, en honor a la histórica institución que pervivió desde el siglo XIV hasta bien entrado el XIX; una rareza entre las actuales comunidades autónomas, no tenemos asamblea, corte o parlamento, sino Junta General. Consciente de su nombre singular y de la historia a él asociada, la Cámara autonómica acordó hace más de 25 años la recuperación de los documentos básicos de aquella centenaria Junta y así empezó la colección en curso que lleva por título Actas Históricas de la Junta General del Principado de Asturias. Son la transcripción, revisión e indización –desde 2014 digitalizada y accesible en la web– de las actas y documentos de «las juntas generales y sus diputaciones». Forman un cuerpo de consulta documental básico. Este proyecto dio continuidad a otro de la extinta Diputación Provincial, de la que el Parlamento heredó el Palacio, «casa común» de Asturias, con trabajos realizados por las Benedictinas de San Pelayo, tan ancladas en la Asturias más veterana. Junto a la colección en curso de Actas (diez tomos de 1594-1700) se han publicado otras compilaciones, como las recuperadas ordenanzas de 1659 o, fuera de la secuencia temporal, los «papeles de la guerra de la Independencia en Asturias», «relatos de los protagonistas», Constitución de 1812, conferencias y ponencias de congresos. Ello ha sido posible porque en cinco lustros las presidencias y mesas de la Cámara (al final el parlamento en su conjunto) han amparado estos trabajos, que han implicado a 21 becados (historiadores y filólogos) y la supervisión, imprescindible para la calidad de lo transcrito, de Josefa Sanz Fuentes, catedrática primera de nuestra Universidad en Ciencias y Técnicas Historiográficas, con quien, generosa, seguimos contando.

Después del freno impuesto por el «susto pandémico» retomamos la obra de poner, negro sobre blanco, al alcance de todos unos textos que se adentran ya en un siglo XVIII que empezó con cambio de dinastía y con guerras y tensiones, con palabras que desde aquel ayer suenan al hoy en problemas (catalanes, dinastía borbónica, inquietud, gastos, escasez, centralidad o no, cambios, guerra, enfrentamiento), pero también en esperanzas (investigación, ciencia, filosofía, economía, apertura comercial, gobernación equilibrada). Se avecinan contenidos que servirán, junto con otras fuentes relevantes, como sirve la Historia toda, para afianzar el presente en el conocimiento del pasado.

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