Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

La pésima educación

La nueva política gusta hacer bandera del desplante. No solo se ha perdido el decoro en la vestimenta y en las maneras en los hemiciclos, también es notoria la ausencia de gestos de buena educación. En el acto institucional celebrado la pasada semana en el Congreso de los Diputados para conmemorar el cuadragésimo aniversario del fracaso de la intentona golpista del 23 de febrero de 1981, la representación podemista no aplaudió, siquiera por cortesía, la intervención del Rey, cuyo discurso suscribiría sin mayores aspavientos cualquier demócrata que se precie.

“La educación mejora a los buenos y hace buenos a los malos”, escribió Platón hace muchos siglos. Son palabras añejas que cobran notable vigencia en estos días de absoluto desprecio a las buenas maneras desde tantos púlpitos. Si el filósofo griego viviera hoy y hubiera presenciado desplantes ya frecuentes y sucesivos a la Corona, habría añadido una adenda a su certera reflexión: “La educación mejora a los buenos tanto como la mala educación entontece a los mediocres”.

Los maleducados son personajes de recorrido corto que jamás cursaron la asignatura del civismo. Y si esa asignatura figuraba en su plan de estudios, la suspendieron. La buena educación es como una colonia cara: se reconoce a distancia. Sin embargo, atufa la falta de modales de aquellos que son incapaces de guardar las formas.

En cualquier situación, por enojosa que sea, las personas inteligentes saben estar. La mediocridad, sin embargo, ayuda a perder con frecuencia las maneras y los papeles. Ser educado es esconder lo bueno que pensamos de nosotros y lo malo que pensamos de los demás.

La norma a seguir es bien sencilla: el buen comportamiento consiste en procurar no molestar y en procurar al prójimo el mismo trato que nos gustaría a nosotros recibir de los demás. A los desatentos que pecan de falta de cortesía habría que regalarles el libro “De la urbanidad en las maneras de los niños”, que firmó un tal Erasmo de Rotterdam hace ya casi cinco siglos.

Compartir el artículo

stats