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Martín Caicoya

Quimeras destructoras y redentoras

Los retos de la supervivencia como especie

Tenemos esencia y vocación de quimera. En el origen ancestral el oxígeno era destructor, como lo es ahora. En aquella atmósfera fatal, que predecía la que hemos creado con el CO2, unos seres elementales inventaron el fuego porque supieron usar el oxígeno para quemar los nutrientes y extraer su energía. Y aquello que tras milenios íbamos a ser se trasformó en una quimera. Esa es nuestra esencia. Y quimeras construimos con nuestra imaginación. Allí nos hacemos eternos en un renacer único o permanente. Nos desterramos de este mundo: dejamos de ser o vernos como naturaleza. Que es lo que en esencia y destino somos.

Dice el instructor de mindfulness: “Ahora deja a tu pensamiento vagar”, o bien, “si tu pensamiento se evade de la respiración, toma nota y vuelve a dirigir allí tu atención...”. Nos está señalando algo que es evidente: en la vida consciente hay muchos yos: somos multitud. Experimentamos la dualidad cuerpo-mente, algo que los niños asumen muy pronto y que está en todas las culturas. Además, ese que se cree al mando de un ejército rebelde y difícil tiene una identidad fluida. No me extraña que en el siglo pasado los psicólogos hablaran de la tectónica de la personalidad. No sé si la imagen más correcta es la de la cebolla o la del ajo, módulos ocupados de aspectos diferentes del esfuerzo de supervivencia. En la visión más clásica hay un cerebro elemental, que algunos denominan reptil, que se ocupa de los fenómenos vitales inconscientes: respirar, mantener la temperatura, el pH, la frecuencia cardiaca, la tensión arterial. Más arriba estaría el cerebro emocional, regido por hormonas y el sistema nervioso autónomo, que también opera en el cerebro reptil. Y todo eso sometido, o eso nos gustaría, al cerebro racional. Es, se piensa desde hace siglos, el que nos hace humanos. A unos más que otros según algunos filósofos.

Dicen los paleontólogos que en los inicios apenas nos diferenciábamos de los animales. Su presencia en las pinturas murales es el reconocimiento de esa interdependencia. También en la adquisición de la personalidad o facultades de los animales admirados por los chamanes alucinados. Cuando los pusimos a trabajar para nosotros, como fábricas de carne, leche y huevos, empezamos a delimitar nuestra especie. Ellos, decidimos, no pueden hacer otra cosa que lo que su naturaleza obliga. Inconscientes de las consecuencias de sus actos, son como máquinas. Libertad, consciencia, racionalidad, eso nos diferencia según la ortodoxia occidental. Pero hay algo más: somos animales morales, o al menos eso dicen entre otros Kant, que supone hay una ley moral que nos concierne y no, naturalmente, a los animales. Tampoco le concierne a la animalidad que anida en nuestra pureza racional que es libre y consciente.

Nuestra naturaleza animal, lo que nos emparenta con ellos, sirve, o sirvió, de justificación para muchas cosas. Así pensaba Aristóteles cuando decía que muchos humanos no alcanzaban esa categoría. Como bestias podían ser esclavizadas lo mismo que en el Neolítico habíamos hecho con animales y plantas. Ellos, esos animales humanos, carecían de entendimiento y voluntad. Si no eran libres, ¿cómo no someterlos a la razón del dueño? Creo que así pensaban muchos esclavistas sureños, entre otros Thomas Jefferson, apóstol de la racionalidad y la moralidad. Pero como sus esclavos no eran humanos, los trataba con el mismo cuidado que a las bestias. Ellos, los esclavos, eran fuerza de trabajo y reproducción: tener hijos era uno de sus obligaciones, manos para la obra. En el XIX, cuando voluntariamente se esclavizaron los campesinos en las fábricas, pensaban los burgueses que esos obreros carecían de moral. Justificaban así sus terribles condiciones de trabajo. Les bastaba invocar a Kant: la ley moral me revela una vida independiente de la animalidad.

Sabemos que en la esencia, si los genes lo son, apenas nos diferenciamos de los animales más próximos. Pero nuestro éxito reside en lo que nos distingue, lo que nos permitió aprovechar el medio para vivir y sobrevivir como especie. Y por eso nos creemos superiores. Sin embargo, también lo es la rosa o el águila, o el tiburón. Ellos tienen facultades formidables, distintas de la racionalidad o del uso de la mano, o la bipedestación, todas ellas quizá tan envidiables para el resto de seres vivos como para nosotros la facultad de la belleza y la fragancia o la de volar o vivir bajo el agua.

Nuestra supervivencia como especie depende mucho del mito de la inmortalidad. Sin él no hubiéramos creado sociedades que fluyen en el tiempo. Nos concebimos como quimeras de un cuerpo mortal que nos emparenta con las bestias y un alma inmortal que nos separa de ellas. Quimeras como en el origen, cuando la bacteria anaerobia incluyó a la mitocondria, las calderas donde se quema la glucosa. Y una fábrica de quimeras es nuestra mente. Quimeras que están en el origen del arte y en la destrucción del hábitat en el que triunfamos como especie. El sueño es que aún podamos reparar todo lo que a nosotros nos amenaza en este nuestro mundo.

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