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Jonathan Mallada Álvarez

Crítica / Música

Jonathan Mallada Álvarez

La pureza de lo musical

Los estruendosos aplausos que Sokolov recibió nada más pisar el escenario del Príncipe Felipe ya mostraron el cariño y la admiración que el público ovetense siente por el pianista ruso, un titán de su instrumento y habitual a las Jornadas de piano “Luis G. Iberni”. Regresaba a la capital del Principado en una gira española que lo ha llevado a Valencia, Sevilla o Madrid, ciudades con las que Oviedo, sin los presupuestos ni los recursos de las grandes urbes del país, mantiene durante años un intenso pulso cultural.

En programa, una combinación singular compuesta por Chopin y Rachmaninov, tan atractiva como compleja. Sin embargo, no hay imposible para este coloso del piano, tal y como demostró en su, sencillamente magistral, interpretación de las “Cuatro Polonesas” de Chopin. En sus manos, las piezas del compositor polaco adquirieron el valor de la más pura sensibilidad y cada nota parecía contener un universo de color potenciado al extremo por unos rubatos exquisitos con los que detuvo el tiempo dentro del Auditorio ovetense. Haciendo gala de una articulación extremadamente pulcra y logrando una atmósfera intimista y diáfana, su ejecución resultó arrebatadoramente subyugante.

Tras la pausa, Rachmaninov cobró vida a manos de Sokolov. Deslizándose por el piano como si lo acariciara con ternura, siempre parco en gestos innecesarios pero muy pulcro y efectivo, rubricó las resoluciones armónicas con suavidad al mismo tiempo que diluyó las ornamentaciones melódicas en una elegancia admirable, insuflando a cada nota el carácter necesario que requiere para ser, simplemente, única. Las excepcionales gradaciones dinámicas y las explosiones de color en forma de crescendos, evidenciaron unos preludios muy matizados que languidecieron en los finales resonantes, como un eco lejano del lirismo extraído del Steinway durante las diez piezas que formaban la segunda mitad del recital.

A pesar de que el covid-19 se ha llevado por delante los bises de los conciertos para no prolongar en exceso la duración de los espectáculos, todos esperaban con ilusión la popular “tercera parte”, conformada por las propinas con las que Sokolov acostumbra a obsequiar al entregado público de Oviedo. Llegó en forma de mazurkas y preludios de Chopin y Scriabin, de intermezzo brahmsiano y de coral de Bach…y es que, ni la pandemia puede doblegar al irreductible septuagenario ruso que con sus seis propinas puso el epílogo deseado a noche mágica donde no hubo más protagonista que la música en su estado más puro.

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