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Saúl Fernández

Crítica / Teatro

Saúl Fernández

Teatro y metafísica

Silvia Munt destaca en la dirección de un drama condicionado por los arquetipos

Distingue Alfonso Sastre el metateatro en cuatro vertientes. Las importantes para explicar “Eva contra Eva” son la número 0, que es “la vida de las gentes del teatro”; la primera, la de la intervención del dramaturgo en la función y la segunda que es a la que el autor de “La taberna fantástica” llama “Segismundo”. Por un “la vida es sueño” todo metafísico.

En “Eva contra Eva”, que antes de ayer devolvió el teatro al Niemeyer después de haber llegado al final el segundo perímetro del concejo de Avilés, se habla de la actriz divina, de la actriz incipiente, del dramaturgo enamorado, de la representante desabrida y también del crítico del quiero y no puedo. Y se hace todo esto en un camerino, en una ensoñación, y en un espejo. O en dos. Y a uno le cuesta atar todo esto con el interés que el autor (el de verdad) reclama.

“Eva contra Eva” es una versión libérrima de “Eva al desnudo” (“All for Eve”, 1950) y de “Noche de estreno” (“Opening night”, 1977). Las dos son obras maestras y son también clásicos tan clásicos como para que hayan contribuido a transformar sus dramas contenidos en una colección de clichés. Es decir, los personajes en Mankiewicz y de Cassavetes son eso, personajes, criaturas hendidas por el rayo. Los ojos puestos sobre ellos, setenta y cuarenta y tantos años después, los ha transformado en arquetipos: la diva, la ambiciosa… Y los arquetipos ya no se definen por sus actos; lo hacen por las etiquetas que les condicionan. Lo decía muy bien Jessica Rabbit: “No soy mala, es que me han dibujado así”. Pau Miró lleva buena parte de su drama por esta línea pero, de repente, se suelta –en el ensayo de la obra dentro de la obra-, pero un espejismo, es sólo un instante. Inmediatamente, recoge carrete y vuelve a contar lo que se espera de un drama dentro de un drama. Y es una lástima.

Lo mejor de “Eva contra Eva”, sin duda, es la dirección de Silvia Munt y algunas interpretaciones perfectas: Ana Belén, por supuesto, y Manuel Morón, el periodista, por ejemplo. Mel Salvatierra hace lo que puede por defender la rápida peripecia de su personaje (de la admiración absoluta al ataque) y conforma un monólogo (en el coche) que acongoja. “Eva contra Eva” va de la gente del teatro que ven que el teatro es el espejo del alma. Pero es una cosa muy suya.

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