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Jonathan Mallada Álvarez

Crítica / Música clásica

Jonathan Mallada Álvarez

El arco y el pincel

Nicolas Altstaedt y Oviedo Filarmonía, en una gran velada en el Auditorio de Oviedo

El Príncipe Felipe acogió la noche del sábado una nueva entrega del ciclo “Conciertos del Auditorio”, una cita musical donde el violonchelista y director franco-alemán volvía a ponerse, dos años después, al frente de la orquesta Oviedo Filarmonía. La agrupación ovetense vive un gran momento de forma y se ha convertido en un pilar fundamental de la cultura ovetense, como demuestra el hecho de que, en apenas dos semanas, tome parte en la inauguración del XXVIII Festival de Teatro Lírico Español, en la velada musical de este ciclo o, el jueves de esta misma semana, en el ballet “Giselle”, interpretado por la Compañía Nacional de Danza. Tres registros muy diferentes con tres directores distintos, algo que nos habla a las claras de su importancia para Oviedo y de su versatilidad y capacidad de adaptación a múltiples repertorios.

El reto que debían afrontar con Altstaedt no era sencillo y para la ocasión se concibió un programa sabiamente seleccionado que ponía en liza el “Concierto para violonchelo en mi menor” de E. Elgar, una obra que se presta especialmente a los diálogos solista-orquesta. Altstaedt se mostró como un instrumentista excepcional, de una gran técnica y virtuosismo, explotando con acierto y sin dificultad todo el lirismo del primer movimiento. En general, se trató de una obra en la que primó el equilibrio, a pesar de algunas entradas en las que la OFIL se mostró insegura y habrían requerido una mayor contundencia. Sin embargo, y en buena medida gracias a las indicaciones que Gabriel Ureña (el principal de chelos de la OFIL) hizo a sus compañeros, la primera parte del programa salió adelante con acierto. A modo de propina, el minueto de la “Sinfonía n.º 95” de Haydn, con un tempo muy cuidado y una orquesta perfectamente ensamblada. El solo de Ureña premió su compromiso.

La segunda parte quedó reservada para la “Sinfonía n.º 2 de Schumann”. Ahí fue donde Altstaedt sorprendió. De gestualidad amplia y movimientos de cierta plasticidad, se dedicó a manejar la orquesta como si pintara un lienzo en blanco, bien bosquejado ya gracias al trabajo previo de la OFIL. Comenzó aportando algunos brochazos sueltos de los metales en el primer movimiento, para pasar, durante el segundo tiempo, a una pincelada más sutil y definida gracias a la cuerda, de sonoridad homogénea, y a las exquisitas maderas, bien perfiladas. Durante el tercer movimiento manipuló a la agrupación ovetense como si se hubiera pasado a pintar directamente con las manos, recreándose en el tempo lento y en la calidez y elegancia de una sonoridad más pastosa. Toda la emoción contenida en el Adagio se desbordó en el último movimiento, enérgico y con el color necesario para finalizar el particular cuadro de Altstaedt ante una OFIL que, muy concentrada y solvente, se dejó hacer en todo momento y exhibió un gran nivel.

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