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Laviana

Más allá del Negrón

Juan Carlos Laviana

La política no es un juego

Mantenerse en el poder, la prioridad de nuestros gobernantes en plena pandemia

La política no es un juego

Ocurrió hace justo una semana. Era jueves 11 de marzo. Buena parte de la clase política se reunía en Madrid. El motivo de la cita era conmemorar el decimoséptimo aniversario del mayor atentado de la historia de España. Ellas vestían de negro riguroso. Ellos, de traje oscuro. Los más atrevidos, de alivio. Así lo ordena el protocolo para un acto fúnebre.

Pese a la indumentaria, a los 192 muertos de aquel no tan lejano otro 11 de marzo no se les prestó el respeto debido. Una vez cumplido el trámite de la corona de laurel, nuestra clase política se distribuyó en corrillos. Cada corro tenía una configuración premeditada. Solo los muy afines intercambiaban susurros. Los traicionados perseguían a los traidores para reprocharles su traición. Los traidores eludían dar la cara ante los traicionados. Los hasta entonces aliados evitaban cruzar sus miradas. Se los veía confusos, azorados, incómodos. Ya no se sabía muy bien quién era el amigo y quién el enemigo, porque de la noche a la mañana había cambiado el rol de cada uno. El homenaje acabó siendo un paripé. Lo que de verdad protagonizó aquella mañana madrileña del 11-M fue lo ocurrido la madrugada del día anterior en Murcia y cómo iba a afectar al futuro político de cada uno de ellos.

Era la representación del juego de la política, la muestra de la peor cara de la política. Ese momento en que la política pierde la necesaria discreción, el pudor, para mostrar sus interioridades, sus vergüenzas. Ya se sabe, la mejor política es la que pasa desapercibida, señal inequívoca de que todo funciona. Los ciudadanos, los votantes –llámenme populista–, sintieron vergüenza ajena por el espectáculo que representaban sus votados. Da igual quien fuera el responsable de lo ocurrido en Murcia. Los cinco partidos implicados se defendieron responsabilizando al otro. El infierno, una vez más, eran los demás, siguiendo la desoladora máxima de Sartre.

Aquel 11-M, nuestra política vivió uno de sus momentos más aciagos y más obscenos. Los dirigentes no solo despreciaron con su comportamiento –víctimas y familiares estaban presentes– la ceremonia de los caídos, sino que se olvidaron que el país sufre hoy uno de los momentos más graves de su historia.

Hay tanto por hacer. Hay tantas urgencias antes de pensar en mociones de censura, en tramas de despachos, en elecciones, en coaliciones, en operaciones matemáticas que sumen mayorías. Algunos, en su desfachatez, hasta presumían de no dormir y dedicar las madrugadas a parar las maniobras del contrario.

¿Cómo se pueden dilapidar todas las energías en derribar al contrario? La vacunación no avanza. Los muertos siguen contándose por cientos. Los hospitales aún están desbordados. Las nuevas cepas no dejan de emerger. El reparto de las ayudas europeas es más que discutible. Nuestros hijos aún no pueden disfrutar de clases presenciales. El número de parados sobrepasa los cuatro millones. Los negocios echan las persianas. Nadie es capaz de pronosticar las dimensiones de la crisis económica que se nos echa encima.

Por si esto no fuera suficiente, la endeblez de nuestra administración digital ha quedado en evidencia con el hackeo del sistema informático del Servicio Público de Empleo, secuestrado por unos piratas durante más de una semana. La metáfora perfecta de que esto no funciona.

El país no está para juegos políticos. Entre la amalgama de dimes y diretes, de acusaciones, de insultos y palabras vacías, gestos desmesurados de salvapatrias, han surgido afortunadamente algunas voces sensatas que recordaban las prioridades. “No estamos para elecciones, estamos para luchar contra la pandemia”, proclamó el presidente asturiano. “Hablar menos y vacunar más”, pidió el científico Barbacid. ¿Tan difícil es de entender?

Lo que España necesita es alguien capaz de resolver problemas. Hasta el gris Joe Biden nos da lecciones. En solo semanas, ha revertido la situación de su país. No solo ha sido capaz de fijar un objetivo a sus ciudadanos –el 4 de julio será la fecha de la “independencia” del coronavirus–, sino que además ha lanzado un plan económico de ayudas sin precedentes en Estados Unidos.

Cuando nosotros tengamos una meta clara, nuestro día de la independencia del coronavirus, entonces, ya si eso, nuestros políticos podrán hacer mociones de censura, convocar elecciones anticipadas, hacer postureos épicos y jugar alegremente a la política de salón.

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