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Manuel Gutiérrez Claverol

Exorcismos en el tercer milenio

Una vez más, surgen interpretaciones contrapuestas entre ciencia y religión

La lectura reciente en LA NUEVA ESPAÑA de una entrevista realizada al deán, canónigo penitenciario y exorcista de la Catedral de Oviedo, don Benito Gallego, me abrió los ojos como platos y me hizo reflexionar sobre la cuestionada antigualla (según opinan los expertos) y que se siga llevando a cabo en pleno siglo XXI.

La RAE define el exorcismo como “conjuro contra el demonio”, o sea una especie de rito contra las fuerzas diabólicas para evitar su influencia. Constituye una liturgia reglada por la Iglesia católica –también en otras congregaciones protestantes– para exorcizar a un poseso, según la cual un sacerdote –con potestad de su obispo– repite oraciones y órdenes de expulsión, utilizando un crucifijo, agua bendita o reliquias, para liberar a una persona de una hipotética entidad maligna.

Los hechos relacionados con el exorcismo alcanzaron gran notoriedad gracias al mundo del cine. Películas como “El exorcista” (1973), “El exorcismo de Emily Rose” (2005) o “El rito” (2011) causaron furor al retratar casos de personas con síntomas de posesión demoníaca y los rituales exorcistas perpetrados.

Las mitologías ancestrales ya hacen referencia a este tipo de prácticas, sobresaliendo por su antigüedad la creencia de la civilización Sumeria, según la cual todas las enfermedades del cuerpo y de la mente eran causadas por “demonios de la enfermedad”. También las culturas chamánicas aseguraban la capacidad de diagnosticar y de curar el sufrimiento del ser humano, o contrariamente de producirlo, pero cuando se realza esta fenomenología es a partir del Nuevo Testamento, con múltiples relatos por parte de los evangelistas. En el Medievo y en los inicios de la Edad Moderna están documentados supuestos casos de endemoniados que fueron exorcizados; un libro clásico sobre la brujería de finales del siglo XV (“Malleus maleficarum” o “Martillo de las brujas”), escrito por dos monjes dominicos alemanes, ya detalla exorcismos ejecutados incluso con animales.

¿Cuáles son las causas de la posesión demoníaca? Las Iglesias cristianas prohiben taxativamente efectuar actos tales como espiritismo, hechicería, güija o adivinación, pero aceptan que alguien esté poseído por el demonio y tener el poder de exorcizarlo; según su opinión, este acontecimiento puede tener varios orígenes, entre ellos ejercitar ceremoniales satánicos, maleficios, blasfemar, pactar con Satanás para beneficio propio, etc.

¿Cómo se muestra la posesión de espíritus maléficos? Se admite que los signos de tales males se expresan de manera muy variada, a destacar: odiar todo relacionado con símbolos sagrados (Dios, la Virgen, los Santos, la Cruz…), demostrar más fuerza de lo normal, lograr la levitación, la telequinesis o incluso hablar y/o entender idiomas desconocidos.

Esta perturbación del comportamiento humano suscita incredulidades, o al menos dudas, y ha sido interpretada de maneras muy diferentes. Según los axiomas cristianos se atribuye al apoderamiento del espíritu por uno o más demonios (llámense Lucifer, Satanás, Belcebú o cualquiera de los otros siete príncipes del infierno); desde una óptica científica es considerada como un trastorno disociativo de la histeria (demoniopatía).

El comienzo de la investigación clínica de estos graves desórdenes del intelecto data de finales del siglo XVIII atribuyéndolos a lances de doble conciencia que, en determinados casos, fueron curados con tratamientos hipnóticos. Esta rara patología se concentra, sobre todo, en estratos socioeconómicos bajos y acrecienta asimismo en regiones apartadas de la civilización o en ámbitos que practiquen cultos sectarios. La Organización Mundial de la Salud (OMS) la considera una enfermedad mental, ya sea un trastorno de trance o una perturbación de personalidad múltiple.

Los progresos en los campos de la neurología, psicología y psiquiatría, plasmados en revistas con alto factor de impacto (p. ej., “Nature Communication”, “The British Medical Journal”, etc.), concluyen que las supuestas posesiones satánicas derivan de un desorden de identidad disociativa en forma de posesión (cambio de personalidad) y por ende deben de ser tratadas como trastornos mentales sin más. Obviamente no existe ningún documento científico riguroso que apoye la naturaleza sobrenatural de estos fenómenos de posesión diabólica y en consecuencia el exorcismo es considerado como una práctica medieval perniciosa que lo invalida para tratar a las personas que sufren algún tipo de desorden neurológico o psiquiátrico, en la línea dictaminada por alguna sentencia judicial condenatoria.

Las terapéuticas religiosas sobre el exorcismo ritual se apoyan en el terreno de la fe y, por tanto, fuera de las reglas de la razón que rigen la experimentada e irrefutable metodología científica.

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