Se nos fue por la vereda de atrás el escritor Jorge M. Reverte. Si resucitase, me daría una colleja y me regañaría: ¡Déjate de tonterías, di que me he muerto, sin más! Por si tal sucede, rectifico y con un nudo en la garganta, ese sí que no me lo quitas, querido Jorge, digo que te has muerto.

Hace cinco meses murió su hermano Javier, viajero y maestro en narrar como nadie lo que vio y vivió por el mundo, y ahora se muere Jorge, viajero al interior de una España que desbordó raudales de tristeza y atesoró sólo unos gramos de alegría. Vivían tan unidos los hermanos que no podían morir el uno sin el otro.

El encabezamiento de estas líneas lleva el título de su mejor novela: “Una vida de héroe”. Un día me confesó que también era su preferida. No hablemos de ella. Léanla. Pero el título me da pie para hablar del héroe que habitaba en Jorge. Su hazaña principal fue encararse no a la muerte en sí, sino a la muerte tal como la entiende nuestra ofuscada civilización. Esa pretensión de que es preciso retrasar la muerte al precio que sea porque lo dice un dios. Pues no, ese no era el dios de Jorge. El dios de Jorge era más compasivo, entendía que la dignidad de la persona abarca hasta su último momento, inclusive; y que la indignidad del ensañamiento terapéutico o el retraso inútil de la fecha solo evidencia nuestro grado de estupidez. Tal actitud heroica queda reflejada en uno de los artículos más enternecedores y estremecedores que leí en mi vida: “Una muerte digna”. Escribe nuestro héroe sobre la muerte de Josefina, su madre: “Reunió a sus hijos, se calzó un gin-tonic con el aire festivo y la ceremonia obligada que debe escoltar a un buen trago...” Dedicó el artículo al doctor Luis Montes, del Hospital Severo Ochoa, y ganó con esta joya necesaria el premio “Ortega y Gasset” de periodismo. Jorge desbrozó la maraña de irracionalidad que entorpecía el camino a la ley de Eutanasia, felizmente aprobada.

La muerte de su madre; ¿y la suya? Hace seis años le visitó un ictus de los que parten a uno por la mitad. La muerte llamó a su puerta y él no abrió. A Jorge le quedaban historias que contar. Sacó su arsenal, entereza y una buena dosis de humor. Un día que los galenos rodeaban su cama, solicitó su pizarrita y escribió: “¡A ver si me curo antes de morirme!”. En una entrevista afirma que: “El germen de la vida es el humor. Sin humor yo no habría salido para adelante”. Escribió, repuesto hasta donde la naturaleza le permitió, “Inútilmente guapo. Mi batalla contra el ictus”. De él aprendí que los médicos jamás debemos decir a nuestros pacientes lo de “poco a poco” o “paciencia”. Intranquiliza la de mi madre.

Hablar de las cosas y de la obra de Jorge, estaría hasta mañana, no hay espacio.

Qué pena. Hace unos días recibimos sus amigos un correo en el que anunciaba con toda la naturalidad del mundo que se iba a operar y que esperaba no fuera una manera rápida de visitar al jefe, por si acaso se despidió: “Deciros que os quiero mucho”.

Y nosotros a ti, maestro de la vida y de la muerte.