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Jonathan Mallada Álvarez

Crítica / Música

Jonathan Mallada Álvarez

“El León” más fiero

El coro luanquín exhibe su poderío y sus múltiples cualidades en el concierto de Semana Santa

“El León de Oro”, durante su concierto en la Catedral de Oviedo. | L. Murias

“El León de Oro”, durante su concierto en la Catedral de Oviedo. | L. Murias

El tradicional “Viernes de Pasión” (o de Dolores) encontró su correspondencia en el concierto de Semana Santa que “El León de oro” ofreció en la Catedral de Oviedo. Todo un viernes de “pasión coral” en el que la agrupación gozoniega puso en liza un repertorio que, si bien extremadamente complejo, figura como una de las señas de identidad del proyecto coral luanquín y no tiene secretos para sus componentes. Son innumerables sus interpretaciones de los tres grandes polifonistas españoles del siglo XVI (Cristóbal de Morales, Francisco Guerrero y Tomás Luis de Victoria), a los que se unen otros referentes italianos como Orlando di Lasso o Giovanni Pierluigi da Palestrina, autores de obras difíciles que requieren plenitud de facultades para poder llevarlas a buen puerto.

Pero “El León” goza de una salud de hierro y ni la pandemia puede doblegar al “rey de la selva coral”. No pierden el movimiento y la versatilidad que les caracteriza en sus constantes cambios de disposición, y el uso de las mascarillas no les resta unos armónicos amplificados gracias a la inmejorable acústica del templo. Ya desde el “Sancta et immaculata”, las voces blancas revelaron una afinación impoluta y un color de enorme plasticidad a cuya pureza se unió la potencia de las graves, siempre bien colocadas y de timbre atractivo. En el “Sanctíssima María” y el “Magnificat quarti toni”, la agrupación gozoniega se mostró especialmente cómoda, con un sonido etéreo y brillante, bien empastado. Además, Marco A. García de Paz posee la habilidad para dirigir este tipo de repertorio sin que las obras resulten, como sucede con frecuencia, pesantes; al contrario, en sus manos siempre son dinámicas y fluidas.

El “Laudate Pueri”, de Palestrina, fue un equilibrado torrente vocal donde mejor se percibió el carácter sonoro de los pupilos de García de Paz: compactos pero dinámicos, poderosos pero delicados, evidenciando las horas de estudio y trabajo que subyacen detrás de cada obra.

Todas las cualidades anteriores se llevaron al extremo en la “Missa Salve” de Victoria, obra de belleza extraordinaria que obtuvo una interpretación muy matizada. El coro cuidó con mimo y acierto la articulación, especialmente sensible en este repertorio donde se erige como un parámetro fundamental, muy en consonancia con el sentido textual de la pieza. Ahora bien, lo verdaderamente complejo es la capacidad de expresión de los luanquinos y su diáfana emisión: uno parece sentarse a escuchar y distinguir, en la intrincada maraña de voces y texturas, con absoluta nitidez, cada intervención y dirección de las frases musicales: las anticipaciones y los retardos van encajando en el engranaje musical perfectamente ensamblado que es “el León”. En definitiva, un programa áureo y una interpretación de muchos quilates.

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