¿Cuál fue el año más largo de la historia de la humanidad? Una pregunta absurda, si no fuera porque tiene una respuesta precisa: el año 46 a. C. Utilizando la mejor astronomía y matemáticas de la época, Julio César modificó el antiguo calendario romano (considerado un monumento a la confusión) para convertirlo en un reflejo del año solar de trescientos sesenta y cinco días. La evolución del calendario antiguo al moderno requirió, o al menos el emperador lo creyó necesario, un año de transición de cuatrocientos cuarenta y cinco días. Un año con tres meses adicionales.

El tiempo es relativo no sólo en física, sino en psicología. Para Kant el tiempo era la sensación a priori de la sensibilidad interna. Con énfasis en interna. Esa sensación del paso de los segundos que, jugando con el concepto del filósofo, los vemos pasar como bólidos en los momentos buenos y percibimos que se arrastran, como gusanos malheridos, durante la angustia, el dolor o la infelicidad. Desde ese un punto de vista el 2020 ha sido uno de los años más largos que nos ha tocado vivir.

Azotados por una enigmática enfermedad producida por un virus desconocido, surgido de las profundidades de una oscura cueva en una remota región del planeta, hemos visto como nuestros relojes se enlentecían o se detenían durante semanas o meses. Las horas de trabajo en los hospitales, donde el personal sanitario aprendía a enfrenarse a una enfermedad desconocida hasta entonces, tenían muchos más de sesenta minutos. La vida consistía en tratar un paciente de covid tras otro (tras otro, tras otro, tras otro) sin que se moviesen las agujas del reloj: el tiempo era un tren sin frenos al que se subían pacientes para evitar su último viaje y donde los maquinistas vivían temiendo que el tren no pudiese aceptar más pasajeros o que descarrilase.

En “El día que la Tierra se detuvo,” la película de 1951 dirigida por Robert Wise (que tuvo un remake en el 2008 dirigido por Scott Derrickson), la llegada de un robot extraterrestre a nuestro planeta eliminó toda actividad que necesitase electricidad y así frenó el movimiento del mundo. El coronavirus cerró negocios, iglesias y escuelas y paralizó autopistas, estaciones y aeropuertos. El virus sustituyó a la arena en los relojes.

La distancia social y el confinamiento, que han salvado miles de vidas en Asturias, marcaron sus propios tiempos. Las agujas de un reloj en un café corren más rápido que las del reloj de un confinado que no puede recibir visitas. Separadas del ritmo vital, muchas personas solo han tenido como compañeras la ansiedad y la depresión: abundan las víctimas entre quienes se protegían con medidas draconianas al otro lado del muro.

En el bestseller de Carlo Rovelli titulado “El orden del tiempo”, el autor se pregunta si existimos en el tiempo o si el tiempo existe en nosotros, y termina revelando que, en nuestro universo, a un nivel fundamental el tiempo no existe. El tiempo podría ser, como muchos otros conceptos, un invento de la vida. El 2020 no ha llegado a ser un año atemporal, pero el tiempo infectado se prolongó de un modo cruel. Y dilató las horas agónicas de quienes murieron por asfixia.

En el año de la “infodemia”, con las sucesivas olas del virus se acumulaba tanta información que no había tiempo para digerirla: las noticias se refutaban o se confirmaban o se ampliaban por más noticias sin dar tiempo al análisis. Había un titular cada hora, cada minuto, cada milésima de segundo. En el 2020 era imposible estar al día. Como advirtió Machado: nuestras horas son minutos cuando queremos saber, y siglos cuando sabemos lo que se puede aprender.

Con la vacuna veremos cómo los relojes se normalizan. El mundo volverá a ponerse en movimiento y podremos dedicarnos, como Proust, a la búsqueda y recuperación del tiempo perdido. Con las golondrinas volverán nuestros familiares y amigos, y vaciaremos de soledad nuestros minutos. En casas, parques y avenidas soplará el tiempo. El tiempo que todo lo cura.

No olvidaremos el 2020. Dalí en “La persistencia de la memoria” y Borges en “Funes el memorioso” unieron los recuerdos a los relojes. Muchos recordarán el 2020 como uno de sus peores años. Tiemblo al imaginar que un César cualquiera podría haberlo alargado ochenta días más.

@jfueyomargareto