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Anxel Vence

La familia es lo primero

El nepotismo en la política

Aunque ya haya pasado el Día del Padre, conviene recordar que la familia es lo primero. Así lo afirman las principales religiones monoteístas, de las que han tomado doctrina los partidos políticos, que a menudo defienden y aplican los valores familiares tan apreciados por Don Corleone. En una familia como Dios y el partido mandan, se ha de estar a lo que diga el jefe, al que los romanos llamaban acertadamente “pater familias”. La institución funcionaba entonces –y tal vez ahora– bajo el principio de que el jefe o padre siempre tiene razón; y en el caso de que no la tuviera, se aplicaría el principio antes mentado. Estas reglas son de indistinto uso en la empresa, en la administración de los asuntos públicos y, sobre todo, en la política. Nada importan a estos efectos las ideologías.

Los adversarios del conservador José María Aznar, por ejemplo, le afeaban que hubiese promovido a su esposa al cargo de alcaldesa de Madrid. Ahora son los de derechas quienes sugieren que el revolucionario Pablo Iglesias ha elevado a su compañera al cargo de ministra. Como si eso fuese una novedad.

El nepotismo es una costumbre que se viene practicando desde los tiempos de la antigua Roma: y probablemente antes. De hecho, la palabra tiene su origen en el latín nepos –con su genitivo nepotis– que viene a significar sobrino o también nieto. Los Papas tendían a nombrar a sus parientes, sobrinos en particular, para los altos cargos de la curia romana; y de ahí viene el concepto.

La política vaticana, famosa por su sutileza, sirvió de guía para la política en general. Colocar a la parentela es un hábito que los partidos han adoptado con gran soltura, si bien ampliando el abanico de familiares beneficiados. Ya no solo se trata de sobrinos –o nepotes–, sino de cónyuges, hermanos, hijos, primos, yernos, cuñados y lo que sea menester. Lejos de reprochárselo a quienes favorecen a sus allegados, habría que valorar esta tendencia como una sana política de promoción de la familia y de sus valores. Ya bajo el reinado de Carlos IV, el entonces primer ministro Carlos Godoy, favorito de la reina, demostró su amor por la familia al nombrar a su padre como gestor del Consejo de Hacienda, aunque no fuese exactamente un hombre con facilidad para las cuentas.

No se trata de un vicio español, contra lo que pudiese parecer. Por esa época, el mismísimo Napoleón no dudó en distribuir entre sus hermanos los reinos de España, Holanda y Westfalia, para los que nombró fraternalmente reyes a José, a Luis y a Jerónimo. A su hermana María Elisa la invistió con el cargo menor de Gran Duquesa de Toscana, lo que acaso delatase su machismo. Esta política de apoyo a la parentela fue adoptada también por las mafias del siglo XX –todavía vigentes hoy– que basan en la “famiglia” sus peculiares métodos de promoción de los familiares y eliminación de los competidores.

Ya sean religiosos, políticos o mafiosos, todos actúan atendiendo a la regla común según la cual la familia es lo primero. A los parientes se les coloca en puestos bien remunerados y a los de otras estirpes –familiares o ideológicas– se les condena a vivir extramuros del negocio y/o de los Presupuestos del Estado. Algunos pardillos nos sorprendemos aún de que sucedan estas cosas, pero no hay por qué.

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