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Leo Farache

La petición de Risto

No dejarse engañar por los políticos que siembran el odio

En 2013 Risto Mejide participó como ponente en un evento convocado por la Asociación para el Progreso de la Dirección [APD] en el Palacio de Congresos de Barcelona.

Risto vino provisto de su teléfono móvil, nada más. Sin presentación de power point ni ningún otro aditamento que pudiera distraernos de lo que nos iba a decir.

Después de una breve introducción, nos preguntó: “¿Cuántos de aquí sabéis quién soy?”

Todos los asistentes, más de 1.800 personas, mayoritariamente ejecutivos de empresa, levantamos la mano.

A continuación, nos planteó una nueva pregunta: “¿Cuántos de los que estáis aquí me odiáis?”.

Aproximadamente, uno de cada diez levantó la mano. Cerca de 200 personas reconocían sentir odio hacia Risto.

Mostró su teléfono móvil y empezó a leer algunos tuits de personas que estaban en ese momento en el Palacio de Congresos y que le habían etiquetado. Mensajes de personas que le despreciaban, insultaban. Personas que habían dedicado su tiempo, su mayor o menor creatividad a desearle lo peor. Una vez leídos los mensajes, pidió que uno de los autores de un tuit saliera al escenario y así poder presentarse personalmente. Fue un momento de cierta tensión y, al tiempo, muy divertido.

Risto nos dio a entender que había construido un personaje –el malvado juez de “Operación Triunfo”– que tenía la función de no dejar indiferente a nadie. Un personaje que, incluso, produjera el odio del espectador hacia él. Supongo que una inmensa mayoría estaremos de acuerdo en que se trata de un juego que la televisión nos propone que no tiene mayor repercusión en nuestra vida, en nuestro bienestar; solo forma parte del guion de un espectáculo del que formamos parte como espectadores.

Risto hizo un largo silencio e hizo una petición, un ruego: “No os dejéis engañar en los asuntos que de verdad importan. Os quieren engañar, pero no os dejéis engañar”.

Se refería a los políticos que sembrando el odio entre nosotros han encontrado la forma más eficaz de tener seguidores fieles. Buscan ciudadanos que hagan un ferviente apostolado de sus ideas, que intenten con determinación y a menudo sin respeto, convencer a sus hijos, pareja, amigos sobre la dirección correcta del voto. Esos políticos quieren convencer a los ciudadanos para que se enfrenten, odien a otros que no piensan igual que ellos. Quieren que sus seguidores desprecien otras ideas que no sean la suyas y tachen a quienes las defienden de socialista comunistas, fascistas, ladrones o lo que sea realmente malo. Juegan con nosotros en algo que todos sabemos que no es un juego. Se trata de la convivencia, de la oportunidad de construir juntos un proyecto, una ciudad, una comunidad autónoma, un país. De poder conversar, emprender juntos, aunque pensemos muy diferente. Esos políticos utilizan sus apariciones en los medios, en el Parlamento, donde quiera que haya un micrófono, para enfrentarnos. Es tan vil, abyecto como real.

Que alguien odie a Risto es al tiempo humano y estúpido. Es como odiar al personaje que hace de muy malo en una película y odiar también al actor que lo interpreta. Risto actúa de maravilla y sabe de la inocuidad de su personaje. A lo sumo, algún inocente enfrentamiento en la máquina de café de la oficina.

Que un político nos invite a odiar a otro político y a todas las personas que le siguen por el mero hecho de defender otras ideas diferentes a las suyas es aberrante, una ignominia. La siembra de ese odio infame se recoge después en las relaciones cotidianas de amigos, familiares, compañeros de trabajo que deciden no hablar de los asuntos que les afectan y les importan para evitar sentir que la ira invada la conversación por el simple hecho de no estar de acuerdo en sus diferentes propuestas de modelos de sociedad.

Estaría bien que la idea de Risto calara entre nosotros. El criterio fundamental por el que elijo al líder y partido al que voto es aquel que considero que menos odio siembra, que está más dispuesto a escuchar con respeto al adversario. Creo que así los ciudadanos tendremos más posibilidades de disfrutar de una convivencia normal. Me importa más la convivencia que la subida o bajada de impuestos, que una ley contemple una cosa u otra. Sin convivencia se acaba la sociedad en la que deseo vivir.

A todos los políticos y asesores que se encargan de dividirnos sembrando el odio como fuente de previsible éxito electoral, vaya por delante mi desprecio y ferviente deseo que se vayan urgentemente a la mierda.

Si queremos seguir, progresar necesitamos convivencia, cooperación. Estudios recientes de la Universidad de Duke revelan que los Homo Sapiens prevalecimos por nuestra amabilidad, por una habilidad que los Neandertales, a pesar de ser más fuertes y más hábiles con las armas no fueron capaces de desarrollar: la comunicación cooperativa que permitió una intensa colaboración grupal.

Hemos sido advertidos por Risto Mejide que sabe muy bien cómo actúan esos intérpretes de ficción a los que hemos dado un papel de protagonistas en nuestra realidad. Nosotros debemos invitarles a que salgan perentoriamente de ella.

Por el bien común, por favor, no nos dejemos engañar.

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