Opinión
Tontos de abril
Algunos países celebraron ayer el día dedicado a la tontería
Aquí celebramos ayer el Jueves Santo por un azar del calendario, pero quiere la coincidencia que también otros muchos países festejen en esta fecha de abril el Día de los Tontos. Probablemente no haya jornada más universal en lo que toca al número de afectados.
El April Fools’ Day viene a ser el equivalente aproximado de nuestro Día de los Inocentes, que en España se celebra el 28 de diciembre a propósito de cierta tropelía cometida por el rey Herodes. La data fue oficializada también como festivo por el general Franco, quien declaró el 1 de abril como Día de la Victoria sobre las fuerzas de la judeo-masonería roja.
Nada tiene que ver, desde luego, aquella conmemoración bélica con el Día de los Tontos que se celebra anualmente, tal día como hoy, en las naciones anglosajonas, pero también en Alemania, Francia, Italia y muchos otros lugares. La solemnidad tiene un par de curiosas secuelas en Galicia, donde se dice que el 1 de abril “os burros van onde non deben ir” y en Menorca, que acaso por influencia británica tiene su propio “Día d’enganar” con las clásicas bromas propias de los Inocentes.
Tanto en uno como en otro caso, la tradición consiste en gastar bromas al vecino y publicar noticias inverosímiles en los periódicos; si bien esta última costumbre ha ido decayendo poco a poco en la prensa. Es natural.
El periodismo, oficio en crisis por la despiadada competencia que le hacen las redes sociales y la telebasura, no puede rivalizar con los disparates de la vida misma. Habrá quien no crea, por ejemplo, que un solo barco pueda atascar, encallando en un canal, el flujo de un diez por ciento del comercio del mundo; y así es cómo se acaba con la candidez de los lectores que antiguamente caían con facilidad en las inocentadas.
Hay noticias auténticamente falsas y otras engañosamente verdaderas, de tal modo que las bromas propias del April Fools’ Day o de nuestra fiesta de los Inocentes han perdido gran parte del interés que tuvieron antaño. Cada vez resulta más laborioso distinguir entre los bulos y las noticias en un mundo paradójicamente sometido al mayor bombardeo de información de toda su historia.
A diferencia de los periódicos, que solo querían inventar las noticias un día al año, internet es una fábrica diaria de informaciones que no necesitan ser confirmadas. Son verdad porque se publican; y se publican porque cualquiera puede hacerlo.
No extrañará que, por ese procedimiento, nazcan ahí las conspiraciones más truculentas y las noticias que, años atrás, caerían bajo la sospecha de haber sido publicadas en el Día de los Inocentes, o –según la zona– en el 1 de abril. Son cada vez más los que creen que la actual pandemia fue ideada en un laboratorio (chino, ruso o americano); y tampoco faltan quienes den por cierto que al mundo lo gobierna a su antojo el nonagenario inversor George Soros en directa asociación con Bill Gates.
Pocos de estos creyentes, si alguno, habrán leído a Álvaro Cunqueiro, auténtico precursor del periodismo de fábula que en sus crónicas diarias daba cuenta de la conversión de los salmones del río Ulla al cristianismo y de los apareamientos entre sirenas y humanos que dieron origen a varias estirpes gallegas de hidalgos. Y aun si lo leyesen, es dudoso que hubieran captado su ironía, que es atributo de la inteligencia difícil de encajar en el Día de los Tontos. Felicidades a todos en el día de la inocencia.
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