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Jorge J. Fernández Sangrador

Preferencias

Una elección de los diferentes estilos de ejercer el sacerdocio en los tiempos actuales

Tal vez convenga que haya reverendos al estilo de Carl Lentz, Chad Veach, Judah Smith o Rich Wilkerson, que calcen “Jordans”, estén escarificados con tatuajes y tengan casi un millón de seguidores en Instagram; que sean confidentes de las estrellas del rock, el cine y el deporte, y que encarnen esa imagen “hípster y positiva” que, según los que no pisan las iglesias, es la que hay que promover para que la gente regrese o se acerque a la fe. Tal vez.

Yo, sin embargo, me quedo con Francesco Cristofaro, que nació con paraparesia espástica en las extremidades inferiores y camina sobre la punta de los pies. Tiene 41 años, es sacerdote desde 2006 y atiende una parroquia de 400 personas, en la que no falta de nada. Tan contento, tan útil, tan testimonial y tan querido por todos. “Seré la sonrisa de Dios … con las piernas torcidas”, se dijo a sí mismo un día. Su madre le confesó que, de haber sabido que él, su hijo, iba a padecer esa enfermedad, habría abortado.

Me quedo con Francesco Rebuli, que, en un chapuzón, siendo chaval, en el Adriático, rompió dos vértebras de las cervicales. No se ahogó de milagro. Quedó paralizado de pecho para abajo a causa de la lesión. Vinieron a continuación los diagnósticos contradictorios, las visitas a médicos y a fisioterapeutas, y pasó, de estar clavado en una cama, a estar sentado en una silla de ruedas. Tiene 42 años, es sacerdote desde 2014 y considera que su hándicap es una vía abierta para que las personas que sufren se abran al diálogo y a la gracia de Dios.

Me quedo con Andrea Giorgetta, que padece fibrosis quística. Es una enfermedad hereditaria. Se manifestó en su gravedad a partir del tercer año de Teología, en el Seminario. Permanece oculta, da la cara inesperadamente y por temporadas, y afecta sobre todo a los bronquios. Andrea tiene 32 años y es sacerdote desde 2019. Ha de estar siempre pendiente de controles médicos. De modo que no puede hacer ningún plan de nada. Pero eso es precisamente lo que le permite fortalecer unos vínculos más estables y duraderos con los enfermos que acuden a él, especialmente los afectados de fibrosis quística, para ser bendecidos con estas dos palabras que están siempre en su boca: “Perseverancia” y “confianza”.

Me quedo con Claudio Campa, quien, en la procesión del Corpus, sintió de repente que las piernas no lo sostenían y cayó al suelo. Llevaba veintiún años de sacerdote. Le diagnosticaron esclerosis múltiple. Aun así, hizo el Camino de Santiago en bicicleta. Setecientos treinta y ocho kilómetros. Era 2008. En aquella peregrinación comprendió que lo que le correspondía, en el futuro, era darle un sentido, un significado, a la enfermedad. Desde 2012 se mueve en silla de ruedas. Ronda los sesenta y sigue estando al cargo de la parroquia, que ha descubierto, gracias a la situación en la que se encuentra su pastor, lo importante que es saber aceptar la debilidad, valorar lo que se tiene, ayudar a los demás e ir por la vida con un ritmo más lento y más reflexivo.

Y me quedo con Salvatore Mellone, quien, tras haber entrado en el Seminario con 34 años, se le declaró, a los 37, neoplasia en el esófago. Había estudiado Ciencias Políticas, y tenido novia y trabajo, pero, a aquellas alturas de su vida, se decidió a seguir la que era su verdadera vocación: el sacerdocio, que ejerció, antes de fallecer, durante tan solo 74 días, nada más, y en su casa, en donde fue ordenado, con el permiso del Papa, cuando ya se encontraba en el tramo último de su existencia terrena. Celebró 59 misas y grabó 41 homilías, recogidas ahora en un libro, como un preciado tesoro espiritual para quienes lo conocieron y a los que les decía una y otra vez: “¡Qué hermoso es ser sacerdote!”.

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