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Millas

El trasluz

Juan José Millás

Solo

Detestaba mucho a un amigo en cuya muerte imaginaria me recreaba con frecuencia. Cuando me descubría en tal actitud, sentía vergüenza de mí y procuraba cambiar de fantasía. Pero con cuanta más fuerza la rechazaba, con más fuerza volvía. Mírenme en el tanatorio, observando su cadáver para asegurarme de que ese viejo camarada está muerto y bien muerto. Finjo ante sus familiares una pena que no me posee, pues me llena de felicidad haber ganado esta batalla. Ese individuo y yo simulábamos desde hace años una devoción mutua inexistente, pues por debajo de las apariencias circulaba un odio feroz. Si no lo hubiera matado yo a él (imaginariamente, insisto), habría acabado él conmigo. Aquí paz y después gloria.

Lo curioso es que después de sus sucesivos entierros (pues lo asesinaba cada tarde) sentía un vacío enorme. Por un lado, estaba el sentimiento de culpa, claro, no soy ningún monstruo, pero, por otro, la impresión de que me faltaba algo. Por fortuna, resucitaba a diario en la realidad con la misma facilidad con la que yo lo enterraba en mi mente, y de este modo el ciclo del odio se renovaba. A veces me preguntaba si él me ejecutaba con la asiduidad con la que yo lo ejecutaba a él y si había jornadas en las que yo asistía a su funeral a la misma hora a la que él asistía al mío.

El caso es que el viernes pasado estaba estrangulándolo una vez más, y mientras escuchaba su respiración agónica por la falta de aire sonó el teléfono y resultó que era él.

– ¿Qué hacías? -me preguntó.

–Te estaba estrangulando imaginariamente -dije.

El hombre se rio como si se tratase de una broma y yo reí con él para evitar sospechas. Me llamaba para hacerme un favor de carácter personal que no viene al caso referir. Pero se trataba de uno de esos favores que uno no olvida nunca porque llegan en el momento justo. Uno de esos favores que te salvan la vida. Le di las gracias, charlamos unos minutos y quedamos en vernos pronto. ¿Me hacía ese favor para que lo odiara más o para firmar una paz secreta?, me pregunté esa la noche en la cama, incapaz de conciliar el sueño. Nunca lo sabré porque al día siguiente falleció de un infarto, como para fastidiarme, dejándome más solo que la una.

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