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Eduardo Viñuela

Crítica / Música

Eduardo Viñuela

“Taburete” no vale un teatro

Gijón es garantía de éxito para “Taburete”, y eso no lo cambia ni la pandemia. El viernes congregaron a más de medio millar de seguidores en el teatro de la Laboral, que hacía semanas había agotado las entradas. El motivo de la visita, en esta ocasión, era la presentación de su nuevo álbum, “La broma infinita”, el cuarto de su carrera y con el que pretenden dar un giro hacia un sonido más pausado y maduro.

No sé si es infinita, pero la “broma” de este grupo madrileño dura ya más de un lustro y está lejos de desinflarse a juzgar por el entusiasmo de sus fans en los directos. Lo que no llega a cuajar es esa madurez en su música a la que aluden en las entrevistas, donde expresan su voluntad de dejar atrás las temáticas y las canciones para la fiesta y evolucionar hacia un planteamiento más serio. Quizás esa retórica les sirva también para justificar la gira de teatros en un momento en el que los grandes eventos resultan inviables, pero lo cierto es que no se aprecian atisbos de madurez ni en su nuevo disco ni en su directo. Y, claro, ser naíf de forma deliberada no deja de ser un posicionamiento estético, pero resultarlo sin pretenderlo es patético.

A “Taburete” el teatro se le queda grande, y no por tamaño sino por concepto. Un grupo que lleva toda su carrera subido a las tablas de plazas de toros y verbenas está acostumbrado a que todo sea jolgorio, entre el público y en el escenario. Y, en ese contexto, casi todo vale mientras se haga ruido y se jalee a la gente. Pero el teatro exige otra dinámica y es más fácil constatar que “el rey está desnudo”; el público está sentado, sin la cerveza en la mano, y todo se escucha mejor, también cuando suena mal o cuando suenan cosas que no se tocan.

No deja de maravillar que ocho personas con sus instrumentos construyan una tímbrica tan pobre y no encuentren la manera de organizarse para darle forma a unos temas que se mueven por los tópicos más convencionales del pop, el rocanrol, el bolero o la ranchera (también en sus letras). Y el resultado es una bofetada sonora más propia de un grupete de instituto que de una banda que aspira a ser tomada en serio en el panorama musical. Los temas no caminan, los arreglos carecen de imaginación y algunos efectos sonoros estorban más que ayudan, como el constante “delay” que da forma a la voz de Willy Bárcenas. Y si el ruido de los temas eléctricos espanta, el experimento de set acústico de esta gira sonroja y evidencia aún más las carencias musicales de la banda. En el caso de “Taburete” recuperar la “nueva normalidad” es una necesidad imperiosa para volver a sonar en las fiestas patronales de medio país; mientras tanto, en esta gira de teatros vencen, pero no convencen.

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