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Esteban Greciet

Clave de sol

Esteban Greciet

Modelo de plegarias para gente de edad

Envejecer no es fácil, tan solo un privilegio

Cumplir muchos años es a la vez una rara mezcla de carga creciente y privilegio menguante. Lo que, pese a esas características, sus protagonistas queremos prolongar. Hablando en general, excepciones aparte, quienes hemos vivido mucho e intensamente, aparte de conscientes de la fugacidad del tiempo, no solemos experimentar ninguna prisa por evadirnos de posibles achaques que son ya inevitables.

Eso sin considerar los sobrevenidos desagrados como la pandemia que nos aflige. Vivir es lo que importa. Está claro que hoy se viven más años y a la vez mejor. Testigos somos de esto los mayores. Pero volvamos ya a la prometida “oración para no ser insoportable” que circulaba días atrás de móvil en móvil y que tiene su gracia. Su texto íntegro es éste:

“Señor, Tu sabes que envejezco. No dejes que me haga un charlatán para dar mi sentencia en cualquier ocasión y querer arreglar vidas ajenas. Que sea solícito, pero no mandón; reflexivo pero no taciturno; que no aburra con achaques y dolores pero sepa escuchar con paciencia. Haz que comprenda las nuevas costumbres, los criterios ajenos, los propios errores. Dame paciencia ante lo incorrecto y comprensión por los pecados ajenos. Pero, Señor, también dame energía para denunciar la injusticia, defender la verdad, proponer soluciones, intervenir acaso… Que sepa elegir y disfrutar de mis cautas diversiones. Dame sentido del ridículo, comprende mis debilidades, evita que presuma de haber vivido todo, de mis viejos aciertos. Pero que sea consciente de que tengo un quehacer mientras no esté muerto del todo”.

Alguna vez me he referido aquí a la oración de quien lo fue todo en Oviedo del pasado siglo: Luis Riera: abogado, concejal, alcalde, presidente de la SOF y del Centro Asturiano, dirigente de la vieja Acción Católica. Unos años después entrevistábamos a un Luis Riera en el comienzo de su edad provecta que hizo unas declaraciones sin desperdicio. En ellas, me confesó que a diario rezaba esta oración:

“Señor, enséñame a envejecer. Convénceme de que la comunidad no es injusta conmigo si me va quitado responsabilidades, si ha llamado a otros para que ocupen mi puesto. Señor, que yo vea en este gradual despego de las cosas solamente la ley del tiempo y que considere este relevo como una de las manifestaciones más interesantes de la vida… Haz, Señor que yo sea todavía útil al mundo con mi contribución sin lamentarme del pasado que se fue… Que mi salida de la actividad sea sencilla y natural como una puesta de sol… Señor, enséñame a envejecer”.

Viene esto a cuento porque recibo ahora por móvil otra plegaria un poco larga y algo más actual. Dice, entre otras muchas cosas: “Evítame, Señor, ser un charlatán y presumido, opinar sobre todo, juzgar vidas ajenas, mandar, prevalecer y no escuchar... Permite que yo sepa reconocer errores, que acepte novedades y cambios, soporte mis achaques, ayude en lo que pueda… Líbrame de amarguras, recuerdos infelices y ser lo que se dice un cascarrabias…”.

Cualquier tiempo pasado no fue siempre mejor. Envejecer no es cómodo, tan sólo un privilegio.

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