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Éramos íntimos colegas

Asturias pierde a un actor admirable por su registro de voz, sus pausas y su mirada desconfiada transmitiendo el fondo del personaje

Asturias ha dado siempre mucho a la escena nacional: actores, directores, cantantes… Siero, en concreto, tiene la peculiaridad de tener en su haber una especial orla de artistas (Etelvino Vazquez, Javier Villanueva, Ernesto Arias, Juanjo Otegui, entre otros).

De todos he llegado a aprender, algunos ya se han ido (Eladio Sánchez, Arturo Fernandez, Silvino Torre, Arsenio González , José Lobato). Al que más he admirado a nivel nacional y al que me hubiera encantado acompañar en escena es a Juanjo Otegui.

Mis recuerdos de Juanjo Otegui comienzan, como casi todos en aquellos tiempos, en los círculos universitarios, los T.E.U. No había escuelas, solo conservatorios de canto. No había nada, solo censura y lucha del Sindicato de Artistas. Solo se podía actuar si obtenías un carnet, a partir de unas pruebas. En ese momento primaba el talento y el riesgo a dedicarse a esta profesión.

La primera vez que oí hablar de Juanjo Otegui fue a Javier Villanueva (siempre fue su mentor) cuando yo empezaba con el Grupo de Teatro de la Universidad de Oviedo. Sabía Javier, que nadie como Otegui para representar sus obras más profundas, por ejemplo “La noche que no llegó el viento”, que luego interpretó José Lobato. Javier Villanueva le citaba muy a menudo en tertulias y ensayos y por ahí me entró la curiosidad de ir a verle actuar. Le había visto en TVE en un programa tipo magazine que hacía con un actor argentino, Joe Rigoli , interpretando a un repulsivo inspector de hacienda, o algo así. También en los “Estudio 1” lo vi en varios montajes

Recuerdo especialmente “Los extremeños se tocan” , una auténtica lección de registros cómicos y dramáticos que da Otegui. Posteriormente lo vi junto a José Sacristán en “La guerra de nuestros antepasados” y con la Compañía Nacional de Teatro Clásico en “Fuenteovejuna” con dirección de Adolfo Marsillach.

No tuve el placer de asistir a su homenaje en el teatro Campoamor de Oviedo, por coincidir con actuaciones (tampoco me invitaron, eso es lo de menos). Ha sido su voluntad que no le hagan sepelios ni homenajes y que, además, se done su cuerpo a la ciencia. Todo eso dice tanto bueno de él como persona… Yo ya llevaba muchos años homenajeándolo en vida desde la sombra de las butacas. He sido un gran admirador de su trabajo: de su registro de voz, sus pausas, su mirada desconfiada transmitiendo el fondo de los personajes que interpretaba…

Acabo de enterarme de su fallecimiento y me siento descolocado y desconsolado. En poco tiempo se han ido actores muy queridos y admirados por mí.

Voy a recordar a Juanjo Otegui hasta que se apague todo esto, sus enseñanzas y su amplia sonrisa y cómo al final de “El viaje a ninguna parte”, parafraseando a José Luis Sacristán, “éramos íntimos colegas”.

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