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Luis Sánchez-Merlo

Diplomacia de sofá

La humillación en Turquía a la presidenta de la Comisión Europea

Diplomacia de sofá

Con un gesto que no achicaba intenciones, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan (67), dispuso dos sillones: uno para él y otro para el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel (45), al tiempo que negaba, por el hecho de ser mujer, un asiento de preeminencia a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen (62), que quedó relegada a un sofá lateral, lejos de la conversación de los hombres.

No tardó en repantingarse el experimentado político valón, cómplice necesario del desprecio urdido por el sultán, al exhibir una sumisión asustadiza mientras se hacía el sueco, sin reflejos para insolentarse de alguna manera: no sentándose hasta que hubieran traído un tercer sillón, cediendo su sitio a la preterida o desplazándose al diván para hacerla compañía.

Claro que, según los “nuevos mandamientos”, si cedía el sitial, sería tildado de machista; y si no se lo cedía, también. Una doble humillación en toda regla, por no reaccionar al envite del anfitrión. El error de cálculo y la torpeza le perseguirán a pie de página, como alguien irrelevante en un mundo de lobos dispuestos a hacerse con el liderazgo del postrumpismo.

Para la primera ministra de la UE, el viaje se saldó con la doble humillación y un momento de soledad, transcrito en el susurro de un avergonzado vagido, “ejem”. Los más críticos aducen que debería haber reclamado otro sillón y, si no, amenazar con irse. Pero, una vez más, se recurrió a “la paz social” y al “se ruega no molestar”, tan socorridos como respuesta blanda de este tiempo.

Quien no se anduvo con rodeos fue el primer ministro italiano, Mario Draghi (73), quien, dejando atrás su perfil de tecnócrata y asumiendo el palio de gobernante, calificó al dirigente turco de dictador, al tiempo que lamentaba la iniquidad infligida a la apadrinada por la canciller alemana. La arremetida del líder turco, contra el exjefe del Banco Central Europeo, tras la gratuita ofensa sin haberse disculpado, fue el insulto: “mal educado, indecente y vulgar”. El mundo al revés.

El incidente reflejó la versión del islamismo, “nuestros minaretes serán nuestros fusiles”, que requiere que ninguna mujer se siente frente al dirigente en plano de igualdad. Pero también tuvo que ver con la estructura confusa y compleja de la UE, fruto de los innumerables compromisos, a lo largo de su existencia, que dificultan el protocolo, así como con las tensiones internas previas de los dos nuncios europeos que no se hablan (sus equipos parece que tampoco).

El encuentro coincidió con el temido vencimiento del polémico Acuerdo Migratorio (AM), firmado en 2016 entre la UE y Turquía, por el que Bruselas comprometía 6.000 millones de euros para detener el flujo migratorio, manteniendo a los refugiados lejos de la Unión.

En virtud del convenio ahora prorrogado, Turquía (85 millones de habitantes) absorbe la inmigración ilegal que llega con la intención de alcanzar las islas griegas y acceder al espacio Schengen; al tiempo que se compromete a dar asilo a los inmigrantes que hubiesen entrado en la UE de forma clandestina e ilegal.

En contrapartida, la UE que proporciona apoyo financiero para acoger a los migrantes refugiados en territorio turco, amaga con reavivar las estancadas negociaciones de adhesión y promete un acuerdo de visados para los turcos. Todo ello con la intención compartida de rebajar la tensión regional y mantener un buen contacto capaz de contener el río de refugiados, que sería catastrófico en plena pandemia.

Quedarse sin asiento es un gesto diplomático que tiene su carga política y, en este caso, sirvió para dejar patente que la UE no tiene un único representante claro ante terceros Estados, lo que da lugar a líos protocolarios. Hace medio siglo, Henry Kissinger (secretario de Estado con Richard Nixon) ya se preguntaba: “¿A quién llamo si quiero hablar con Europa?”.

La UE sigue siendo un gigante económico con pies (políticos) de barro, que sirve de cementerio de elefantes a quienes se guarecen en sus instituciones para acabar muriendo, políticamente hablando. Esta es una más, de las muchas causas que evidencian la irrelevancia, agudizado con el Brexit que ha dejado una sensación agridulce. Junto al inevitable divorcio de un socio cardinal, los 27 restantes han proyectado, durante el interminable proceso, una insólita unidad a prueba de bomba. Lo nunca visto.

La compra centralizada de las vacunas parecía una buena idea al garantizar un reparto justo entre los países miembros. Pero se está percibiendo como una gestión zigzagueante, de la que se resiente la confianza en los eurócratas. Mientras tanto, en el Reino Unido se aprestan a celebrar la inmunidad de rebaño con la apertura de los pubs después de varios meses cerrados.

Esta desavenencia, que puede parecer anecdótica pero no lo es, desprende el aroma misógino del viejo zorro que, talonario en mano, volvía a hacer caja, al tiempo que asestaba un golpe diplomático sirviéndose de un sofá, para evidenciar la debilidad europea, si Ankara abre el grifo de la inmigración.

La visita a Ankara del presidente del Consejo Europeo (CE) y la presidenta de la Comisión, cumplió el objetivo previsto al prorrogarse el Acuerdo Migratorio y, con ello, dilatar el alivio cinco años más.

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