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Francisco Garcia Perez

Lo que hay que oír

Francisco García Pérez

El portador de miedos

Los anuncios pesimistas sobre la pandemia

El portador de miedos

Tal parece que existiera la consigna de que no tengamos nunca alegría completa en la lucha contra la pandemia. Tal parece que haya anidado en el amarillismo comunicativo un maligno espíritu portador de miedos, alimentado por la gran y desgraciada verdad de que la alegría no vende, el miedo vende. No pocos medios que titulen, por ejemplo, que han disminuido los contagios se abstendrán de notificar enseguida la amenaza de una nueva ola que no cabalgaría el mejor surfista. La de cal y al momento la de arena. Un constante y calvinista “permanezcan atentos a la pantalla”, aguarden la mala noticia que sigue a la buena que acabamos de darles, no se me alegren, continúen acojonados. Pero entre todos los medios, las redes sociales se llevan esa palma amedrentadora del oro parece, pero cuidadín. Un tuit alaba las excelencias de la vacuna X, pero avisa de que te sale un brazo en medio de la espalda si la mezclas con la Y o con la Z. La mascarilla es eficaz contra el coronavirus, pero provoca eyaculación precoz, pontifica un cantante de variedades. Sostiene el youtubero A que la covid-19 ya liquidó a Mata Hari, Hitler y Caperucita Roja, mientras que el B defiende que el bicho es un cuento chino. Tal parece que el Poder la goza con el sí, pero no; con la tontada del tontolaba de toda la vida, del servidor de quienes solo buscan en los medios el sesgo de confirmación a sus pesadumbres y neuras más analfabetas.

El tontolaba portador de miedos es el insidioso de siempre, el amargacenas, el revientameriendas, el hundecomidas, el triste por imbecilidad elegida, el esquinado de luto mental. En mi infancia conocí a un tipo que se daba pisto a paladas sosteniendo las más absurdas teorías médicas curativas aun siendo como era un muy mediocre menestral. Según él, por ejemplo, el reuma se curaba con llevar en el bolsillo una castaña pilonga, pero siempre y cuando no se portase a la vez un objeto metálico que “interfiriese las ondas”. Murió de complicaciones a resultas de unas fiebres reumáticas, si bien no faltó quien mencionase durante el velatorio el litro de coñá garrafonero que soplaba a diario. Mi adolescencia y juventud se llenaron de cirigallos portadores de miedos que comenzaban su brasa con esa pregunta que se deja en el aire para crear expectación: “¿Ya te has enterado?”. Luego venía un pormenorizado mejunje potajero sobre el letal beriberi en Australia del norte y el reciente descubrimiento de su curación mediante ensalmos… aunque no siempre. O sobre la menstruación y su relación directa con la locura si no se administraba a la mujer un buen pelotazo de celidonia con anís corriente, vaya por Dios. He visto cosas que no creeríais: graves damas sosteniendo que el dolor de cabeza se evaporaba si se ataban rodajas de patata a lo largo del brazo; notarios y registradores de la propiedad defendiendo el uso continuado del regaliz contra la caries dental. Qué sé yo: el tontolaba portamiedos es eterno, pero ahora cuenta con más potentes altavoces. Un servidor de ustedes va rigiéndose por aquella norma que popularizara Jonathan Swift (creo): “Los mejores médicos del mundo son el doctor Dieta, el doctor Sosiego y el doctor Alegría”. Yo le echo a ese menú un buen chorro de prudencia sobre base de mascarilla. Luego, veremos a ver lo que pasa con este bicho asesino y con los bichos asesinos que le sigan si le siguen y de los que nos enteraremos si el Poder y los tontolabas tienen a bien comunicárnoslos a su ritmo y modo y pánico graduado. Si puede ser, no me lean ustedes porquería portamiedos; pero si no pudiesen evitarla, por favor les suplico que no pierdan un instante discutiendo con sus tan contumaces como numerosos propagadores. Recuerden lo que decía Churchill: “Nunca llegarás a tu destino si te detienes a tirarle piedras a cualquier perro que ladre”.

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