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Ricardo Menéndez Salmón

Tristezas de Asturias

La melancolía de un territorio que se apaga sin un modelo para recuperarse

Corre el año 1677 cuando ve la luz, a título póstumo, uno de los textos capitales de la historia del pensamiento occidental, la Ética de Spinoza, en cuya parte tercera, titulada “Del origen y naturaleza de los afectos”, su autor concibió y ejecutó uno de los programas fundamentales de dos mil años de aventura filosófica: la teoría de las pasiones. En el núcleo de este libro ineludible, que distintos hermeneutas han recorrido hasta la extenuación, sin por ello agotar sus posibilidades, Spinoza colocó su genio al servicio de la discusión acerca del drama humano: qué tememos, qué anhelamos, qué odiamos, qué amamos, qué nos conmueve. Para ello, y partiendo de dos principios universales, la alegría y la tristeza, y de una certeza indiscutible (“Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser”), el filósofo dedujo el árbol completo de las pasiones, ofreciendo para cada una de ellas su definición. Así, la tristeza, afecto seminal, quedó registrada como “una pasión por la cual el alma pasa a una menor perfección”. Tres siglos más tarde, uno de los más agudos comentaristas del maestro, Gilles Deleuze, añadiría una memorable glosa a la fórmula spinoziana: “En la tristeza estamos perdidos. Por eso los poderes tienen necesidad de que los sujetos estén tristes. La angustia nunca ha sido un juego de cultura, de inteligencia o de vivacidad”.

Asistir a las sesiones de la Comisión de Reto Demográfico de la Junta General del Principado de Asturias invita a sumergirse en una tristeza que no es epidérmica, coyuntural ni episódica, sino que nos penetra con la fuerza de un relato estructural, que vertebra, define y clarifica aquello en lo que nos hemos convertido: un país que languidece, un país que se apaga, un país que respira tristeza por cada costura de su territorio herido, que se obstina en sus inercias y que evidencia, con cada decisión gubernativa, su carencia de un modelo. Asturias está triste porque no sabe lo que quiere, porque no sabe hacia dónde camina, porque carece ya no de un discurso que unifique lo que ha sido, sino de un proyecto que señale hacia dónde va. Asturias está triste porque en ella la cultura, la inteligencia y la vivacidad, las tres patas del trípode mencionado por Deleuze, se han evaporado, enfangadas en los recelos de una burocracia exhausta, en la tragedia de una debacle poblacional y en la tibieza de una nueva generación de políticos atrapados en el bucle melancólico de un mundo que la pandemia ha desnudado sin piedad. Porque Asturias está desnuda, pero nadie se lo dice al emperador.

Resulta dramático, desde esta lógica del modelo ausente, escuchar a los geógrafos de la Universidad de Oviedo, a quienes las ideas para fijar población en la Asturias rural e intentar contener el problema del despoblamiento se les caen de los bolsillos, y más tarde oír a altos cargos de nuestra Administración, con rango y mando en plaza, llenarse la boca con proyectos destinados a prolongar la conversión de Asturias en un gigantesco polígono industrial, destructor de la diversidad, devastador de los estándares de salud ambiental, afianzador de esa idea fatídica que consiste en convertir Asturias en una monstruosa conurbación que vincule Gijón, Oviedo, Avilés, los concejos centrales y las dos cuencas mineras para saturar el territorio con una población envejecida y ociosa, anclada en un perverso sistema de pensiones altas y consumo acelerado, volcada sin remedio a empujar al sector terciario hasta sus límites de saturación mientras el resto de la región es colonizada por el matorral y por el arbusto, por la desidia y por los fuegos que constelan eso que ya nadie, en su sano juicio, se atreverá a calificar de paraíso si no es por pereza intelectual.

Ningún milagro amazónico, ningún maná hidrogenado, ningún área central hipertrofiada con alcaldes ignorantes y saciados por las grandes cifras que anonadan al público vendrá a salvarnos cuando, pasado el diluvio, abrumados y en deuda con nuestros acreedores, todos hayamos muerto de nostalgia mientras contemplamos cómo la marcha de Aníbal, el cartaginés irredento, al otro lado del Huerna, testimonie mucho más que un símbolo de nuestra decadencia, para convertirse en la imagen exacta y desolada de aquello en lo que nos hemos convertido: un país de hombres y de mujeres tristes en el que nadie querría vivir.

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