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Javier Junceda

Virus chino

Las graves consecuencias de mirar para otro lado ante el erróneo proceder del país asiático

La historia de la humanidad ha apuntado siempre a China como origen de las principales pandemias. Hasta la plaga de Justiniano, que diezmó a la cuarta parte de la población mundial en el siglo VI, encontró en la nación oriental el mortífero reservorio de su cepa. La peste negra también nació allí, como incluso sucedió con la mal llamada gripe española, que los especialistas ubican en el milenario país del sol naciente. La aviar, la de Hong Kong, o las demás que han sacudido los sistemas sanitarios a lo largo de los tiempos nos dirigen invariablemente al mismo lugar, motivo que debiera suscitar en la comunidad internacional una reacción más acorde con la objetiva gravedad de estas continuas amenazas.

En un panorama actual tan intensamente hiperconectado, resulta una temeridad tolerar prácticas que no respeten unos mínimos higiénicos en cualquier rincón del planeta. Los mercados donde brotó esta enésima epidemia, si no lo han sido ya, debieran ser sometidos con urgencia a idénticos umbrales de salubridad alimentaria que los impuestos por la autoridad en otras latitudes, arbitrando severas sanciones en caso contrario. O la obligación de costear el daño producido, porque se ha dejado de hablar de las más que justificadas reclamaciones al régimen de Pekín por el inconmensurable roto provocado por su nuevo virus, cifrado hasta el momento en millones de muertos y en una recesión universal sin precedentes.

Desde luego, estamos siendo bastante condescendientes con el totalitario gobierno chino. Hemos mirado para otro lado sobre sus políticas laborales, alejadas de cualquier parámetro de racionalidad en la materia. Sorprende que haya izquierda que a estas alturas no denuncie esas sevicias, que están en la base misma del célebre “milagro chino”. Por más que el resto de los estados nos dotemos de instrumentos para que no se produzcan distorsiones de la competencia, quienes dirigen con mano férrea a esa sanguinaria dictadura siguen haciendo oídos sordos a dicha legalidad, vulnerando a la ligera la propiedad intelectual o industrial, cuando no sorteando las reglas más elementales del derecho del comercio. Por no hablar de sus incumplimientos en materia climática, que en otros países tratamos de acatar como si nos fuera la vida en ello.

Esa culpable transigencia hacia el leninismo chino, y la habitual sordina que se aplica a sus desaguisados, suele traer su causa de su inmensa capacidad financiera, labrada precisamente a costa del incumplimiento sistemático de las reglas internacionales. De no ser por esos intereses tan descomunales, hace años que esta región del planeta estaría también camino de la normalidad en tantísimos aspectos, desde las libertades hasta las cuestiones sanitarias más ordinarias.

Contemporizar nunca ha dado resultados en estos casos. La sociedad mundial debiera por eso adelantarse a las nuevas crisis en ciernes abordándolas desde su epicentro, que volverá a ser China con plena seguridad. Necesitamos encontrar fórmulas para someterlos a los requisitos indispensables que son santo y seña en cualquier otra parte de la tierra. Una civilización que ha deslumbrado por sus extraordinarios avances a lo largo de los siglos no puede continuar siendo el foco de los mayores desastres universales, sino parte indispensable de su solución. Pero para ello tendrían que proceder a la mayor brevedad a implementar medidas eficaces y transparentes contra la insalubridad con la que conviven, y que debiera erradicarse a la mayor prontitud de su cultura, tan respetable en otros muchísimos ámbitos.

Y, de paso, no sería tampoco mala idea empezar a abordar con ellos cómo piensan pagarnos los extraordinarios destrozos que nos han provocado, algo que no les puede resultar demasiado problemático, dadas las colosales magnitudes de su economía, la primera en paridad de poder adquisitivo, según el Fondo Monetario.

De no actuar pronto así, dispongámonos a seguir sufriendo nuevas oleadas de infecciones parecidas a la que hoy padecemos, y que tanta pesadilla están suponiendo para innumerables vidas y haciendas en cualquier lugar del mundo.

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