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Anxel Vence

Fachas y rojos, otra vez

La pugna entre la ultraizquierda y la ultraderecha

Andan a la bronca otra vez fachas y rojos como si quisieran reavivar en la España de 2021 el gran bochinche de 1936. Por este país no pasan los siglos. Los unos le chafan los mítines a los de enfrente a golpe de adoquín; y los otros responden con cataratas de insultos y desplantes a los primeros, además de tomarla con los inmigrantes y los menores, que son lo suyo.

Hasta el lenguaje ha retrocedido ocho decenios. Se habla con toda naturalidad de “brigadistas”, de los bloques de derecha y de izquierda, de balas antiguas que amenazan y de ejecuciones al amanecer. Un poco más y empezarán a mentar la CEDA de Gil Robles y las fotos de Stalin en la Gran Vía de Madrid, si es que no lo han hecho ya.

No ha de sorprender que los líderes de los dos extremos enfrentados en la última trifulca gasten apellidos de recia raigambre religiosa como Iglesias y Monasterio. Nada más lógico en este que durante largas décadas fue un país gobernado por curas y militares. Abundan los seminaristas en los dos bandos; y tanto la ultraizquierda como la ultraderecha han presentado a gente de la milicia en sus listas electorales.

Si Vox, con su nombre de tocadiscos de época, nos trajo de vuelta aromas taurinos de carajillo y de la España setentera, también Unidas Podemos ha contribuido al revival con su política de asamblea de facultad a la que solo le falta el complemento de los pantalones acampanados.

Es el resultado de la quiebra del bipartidismo que durante años hizo de este país un lugar políticamente aburrido en el que los socialdemócratas y los conservadores se alternaban en la rutina del poder. Algo que ya habían descubierto, en realidad, los políticos de la Restauración, cuando Alfonso XII dio en su lecho de muerte aquel consejo famoso a la regente María Cristina: “Cristinita, guarda el coño y ya sabes: de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas”.

La crisis financiera e inmobiliaria del año 2008 hizo saltar por los aires ese tranquilo modo de gobernación, tan corrupto como cualquier otro. Nació entonces un partido hipotecario de extrema izquierda que, por la mera lógica de la acción y la reacción, hizo que los electores alumbrasen otro bando de la derecha más extrema. Y ahí están los dos, evocando una imposible España de hace más de ochenta años.

Coinciden uno y otro en guiarse por el espejo retrovisor de la Historia, como los jóvenes iracundos de los años 50 que inspiraron al dramaturgo británico John Osborne su pieza: “Mirando hacia atrás con ira”. Lo malo del caso es que son ahora varios millones de exasperados votantes los que han decidido cambiar el teatro por la política para expresar su cabreo en las urnas.

Puestos a mirar atrás al primer tercio del pasado siglo, los electores más extremosos han devuelto a la actualidad los tiempos de la guerra civil. De momento, sus líderes se limitan a tirarse los muertos a la cabeza en los debates preelectorales, aunque mucho es de temer que preferirían resolver sus diferencias en el campo de batalla.

Por fortuna, todo lo que sube, baja; y no es improbable que un arrebato de sentido común de los votantes reduzca a esta gente bronca al papel residual que nunca debieron dejar de tener en una democracia avanzada como la española. Hasta entonces, habrá que resignarse a aguantar las batallitas del abuelo Cebolleta en tiempos de la cuarta revolución tecnológica. Qué manía con la moda retro.

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