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Francisco Garcia Perez

Lo que hay que oír

Francisco García Pérez

Virus go home

Entre denunciar los carteles o a sus autores

Virus go home

Leo en un medio de comunicación de esta España mía que nuestro Ejecutivo “ha denunciado ante la Fiscalía por un presunto delito de odio el cartel de Vox que recrimina que los menores extranjeros inmigrantes cobren una paga mayor que los jubilados españoles, toda vez que ha recibido la crítica unánime de partidos políticos, asociaciones y de casi todo Gobierno”. No sé si se pueden denunciar carteles: yo pensé que se denunciaba a sus autores, no lo sé. Pero termina citando una fuente gubernamental: “Es repugnante y vergonzante”. El cartel es “repugnante”, pues causa aversión a los citados. Pero no es en absoluto “vergonzante”, pues el partido político que lo ideó y mandó imprimir no siente vergüenza alguna respecto de su exhibición. Y eso es lo que significa “vergonzante”: que siente vergüenza por lo que se ve obligado a hacer sin remedio. Por ejemplo, quien se ve impelido a pedir limosna y, avergonzándose por ello, lo hace con cierto disimulo o encubriéndose: ese sería un mendigo vergonzante. La fuente citada quiso decir “vergonzoso”, o sea, que causa vergüenza. Repugnante y vergonzoso. Pero le pudo la rima fácil ─como esa cansina cansinez de “puro y duro”, ya imparable─ y metió la pata lingüística hasta atrás.

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Tremenda lección acaba Cuba de dar otra vez al mundo: “Cuba, qué linda es Cuba”, “Conozca a Cuba primero y al extranjero después”, como cantaba Eduardo Saborit. El nombre de su vacuna autóctona contra la covid-19 no es un anglicismo crudo, ni un anagrama comercial, ni nada de eso, caballero. Ni AstraZeneca de Oxford, ni Pfizer-BioNTech, ni Janssen de Johnson & Johnson, compay. La vacuna cubana se llama Soberana, y hasta el grupo argentino “RS Positivo” le ha compuesto una canción: “Hay una vacuna, en mi tierra hermana. Es de todo el pueblo, es la soberana”. Así que “en el mar Caribe, hoy brilla la luna, porque los cubanos tienen su propia vacuna. Soberana, la cubana soberana (Coros: ‘Sí, señor’)”. De hecho, “hoy cantamos estos versos, con barbijo y protocolo”. Óyeme, chico: “virus go home”. A veces, la realidad mete miedo.

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Qué bruto es el brutal comentarista deportivo (o político, no recuerdo): “El contrario le tiene un respeto salvaje y brutal”. Quiere decir enorme, muy grande, grandísimo; pero no sabe, aun siendo su obligación, pues es un profesional. Hombre de Dios: ¿cómo algo tan sutil y fino como el respeto va a ser salvaje, va a ser brutal? ¿Cómo se atreve una reseñista a escribir como alabanza que Anthony Hopkins da en “The Father”, un “brutal recital interpretativo”. ¿No le gustan soberbio, maestro, ejemplar, espléndido, magnífico…? ¿Por qué prefiere aplaudirlo con “brutal”, que es sinónimo de violento e irracional? Otra batalla perdida: el Diccionario admite “brutal” como “muy grande” en su 4ª acepción. Pero ya sabemos que la RAE come de todo. ¿Cómo voy a tolerar que alguien diga de mi “Brel” que es un perro brutal, cuando quiere decir hermoso, admirable, sereno, encantador, apacible? Venga ya.

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Con muy fina agudeza, uno de mis nietos echa en falta la palabra que designa en español a aquella persona que hace que los demás recuerden, que evita el olvido de algo. Además, esa actividad de hacer que el otro se dé cuenta de algo que se le había pasado le parece de suma importancia, como así es. De modo que forzó un poquito el sistema lingüístico y alumbró nueva acepción de un vocablo. “Abuelo Paco: hay gente que se olvida de recoger en la calle las cacas de los perros; pero yo, que soy muy recordable, siempre los aviso”. A partir de ahora, “recordable” significa que se puede recordar, que es digno de recordación… y que recuerda al prójimo lo que este desatiende.

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Ay, con lo hermoso que es jugar con el lenguaje para hablar bien, crear palabras, urdir palíndromos como el muy largo (veinte letras) que me envía mi misterioso amigo invisible esta semana y que comparto para cerrar hoy: “Atábase así Isa esa bata”.

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