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Oscar Buznego

Esperando el día después

Los comicios madrileños y el abuso de la estridencia

La convocatoria precipitada y a destiempo de las elecciones del martes, la coincidencia de los pronósticos en augurar una clara victoria del PP y de la derecha y, en fin, la tensión que recorre todos los puntos del panorama político, han llevado a los grandes partidos a disputar una nueva partida de la política nacional en Madrid, la región ubicada en el centro del país y que acoge la capital del Estado. Los politólogos hallarán razones de sobra para seguir discutiendo sobre el lugar que corresponde a las elecciones autonómicas dentro del ciclo político, si son de primer o segundo orden, y qué relación tienen con las generales. El hecho es que pocas veces unas elecciones intermedias habían sobresaltado de tal manera la política española y habían levantado tantas expectativas. Y todo ello se debe, aparte los precedentes, a que se da por seguro que tendrán consecuencias. Aún faltan unos días para la votación, pero los partidos se han situado ya en el escenario que se abrirá tras conocerse los resultados y, casi sin esperar al escrutinio, dejando un minúsculo resquicio para una posible sorpresa, planean la estrategia a seguir en lo poco que queda de legislatura.

La sociedad española está siendo dividida, más allá de las diferencias ideológicas que caracterizan a todas las sociedades avanzadas, complejas y plurales. La cita electoral hace que sean los madrileños los que sufran con especial intensidad el efecto polarizador de la retórica partidista. La distancia entre el discurso político y la realidad cotidiana de los ciudadanos nunca había sido tan grande como la que se ha percibido en el transcurso de esta campaña, que ha servido de teatro de operaciones para ensayar algunas escaramuzas tácticas. En vez de la evaluación del gobierno autonómico, el debate político y las propuestas creíbles, que han brillado por su ausencia, los candidatos han aprovechado el espacio publicitario para ofrecer a los electores pura demagogia en un lenguaje, para más inri, excluyente. La competición electoral está perdiendo el espíritu democrático que se le supone y lo único que parece mantenerla en pie es el deseo de celebrar la derrota del adversario.

Conviene tener presente que la huida masiva de los partidos y la caída de las tasas de participación son una manifestación, visible en todas las democracias, del hartazgo de los electores con este juego. Los españoles todavía nos sentimos atraídos por el fragor de la política estridente, pero es palpable que la onda del 15M está muy debilitada, como la del independentismo, en menor medida, y no sería arriesgado vaticinar la fugacidad de las distintas versiones del populismo, que viven una especie de apoteosis, propiciada por el momento de confusión y perplejidad que atraviesan las democracias.

Las encuestas anuncian que los madrileños acudirán a votar. Lo más importante para ellos es la composición del futuro gobierno autonómico. Sin embargo, estas elecciones provocarán efectos menos inmediatos, pero es probable que más trascendentales, específicamente en el sistema de partidos español y, en general, en la arena política nacional. Este no va a ser solo el último capítulo en la eterna disputa entre el PSOE y el PP por el poder. Puede ser otro paso hacia el ocaso de los partidos que un día los desafiaron, encarnando la voluntad de sectores cualificados de la sociedad española de reformar sin demora el sistema político, que presentaba un notable deterioro. Podemos navega sin rumbo y, ante un resultado por debajo de las expectativas, su líder prepara la huida. Ciudadanos, con sus escasas fuerzas, trata inútilmente de rebelarse contra un destino cantado. Vox, aunque su éxito es muy reciente y está en la cresta de la ola, se estanca en Madrid. La socialdemocracia resiste aquí mejor que en todo el sur de Europa, donde se ha desplomado o ha desaparecido. El dato del PSOE concitará mucha atención, pues afectará al gobierno de Pedro Sánchez y en los próximos meses se reunirá su congreso federal.

La campaña madrileña proyecta la imagen de un enfrentamiento entre bloques, pero quizá los resultados permitan apreciar algo más relevante, una tendencia a la simplificación del sistema de partidos. La evidencia en la derecha es rotunda. En la izquierda, la flaqueza del PSOE y la presencia de Más Madrid impedirán verlo con la misma claridad. Madrid, en cuanto a comportamiento electoral, solo es una de “las Españas”, con sus particularidades. ¿Cambiarán las elecciones madrileñas el clima político de la legislatura? Es difícil adivinarlo. Pero nadie debe dudar de que algo de gran interés está por suceder.

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