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Ángel Machado Cabezas

Valor frente a precio

Actividades poco reconocidas frente a otras que permiten grandes ganancias sin crear riqueza

La actual pandemia ha aumentado el valor que dábamos a muchos trabajos. Ha puesto de manifiesto que muchas actividades, en su mayoría con predominio manual, son mucho más útiles de lo que creíamos. Así, nos hemos dado cuenta de que repartidores, enfermeros, cuidadores, cajeros, etc. tienen un alto valor a nivel global debido a su gran utilidad para el buen funcionamiento del conjunto de la sociedad, y no estaban bien reconocidos.

Muchos economistas creen que el mercado valora adecuadamente los bienes y los servicios que se negocian en él, es decir, que el precio representa el verdadero valor de las transacciones mercantiles. Esto no es cierto en muchas situaciones. Si esto fuese así, por ejemplo, significaría que es más útil un gramo de cocaína que uno de penicilina debido al enorme valor de aquella comparado con el de ésta. Los precios se fijan a partir de múltiples situaciones distintas. La mayoría de las veces por la mera coincidencia de oferta y demanda, pero no siempre es así. Por ejemplo, cuando hay un monopolio, con frecuencia el precio es arbitrariamente alto fijado por el monopolista, en cambio, en otras muchas ocasiones el coste de producción es la variable determinante para fijar el precio.

Si el mercado fuese un buen asignador del valor ¿cómo se explica, por ejemplo, que un magnate de casinos gane muchísimo más que un cardiólogo? Con frecuencia ocurre lo que dijo el poeta “todo necio confunde valor y precio”. El precio una vez fijado es totalmente objetivo, es un número, en cambio el valor es subjetivo pues depende de cada persona. Por ejemplo, la matrícula de una asignatura del Programa para Mayores de la Universidad de Oviedo (PUMUO) actualmente tiene un precio de 30 euros, pero probablemente sus usuarios valoren más cada uno de los cursos en los que se han matriculado.

Un ejemplo claro de que el mercado no es un buen asignador de los valores sociales se da en los mercados financieros. La administración Clinton de Estados Unidos en la década de los noventa del pasado siglo desreguló en gran medida el sector financiero, lo que supuso que los artificialmente complejos derivados financieros (activos cuyo valor se basa en el precio de otro producto) y otros instrumentos financieros diseñados en Wall Street terminaron dañando a la economía (valor negativo), permitiendo lograr escandalosas ganancias a unos pocos avispados sin escrúpulos. Gran parte de las actividades financieras llevadas a cabo con CDS (seguros que cubren a su tenedor del riesgo de impago de un préstamo o de la compra de otro producto financiero) y con otros instrumentos financieros resultan difíciles de diferenciar de las apuestas de juego realizadas en los casinos. La compleja ingeniería financiera que hay detrás de estos instrumentos es muy rentable para quienes participan en ella (precio alto), pero no contribuye nada a aumentar la riqueza general (valor bajo o negativo) y de hecho el gran aumento de la actividad financiera de los últimos años no ha incrementado el crecimiento económico, sino que lo ha ralentizado (https://EconPapers.repec.org/RePEc:mtp:titles:026252516x).

En Estados Unidos y en Reino Unido sólo el 15 % de los flujos financieros se canalizan hacia actividades productivas y el resto van hacia actividades especulativas (bajo valor) usando activos financieros existentes o bien sofisticados derivados financieros (Rana Foroohar, Makers and Takers, “The Rise of Finance and the Fall of American Business”, Crown Business, 2016), algo que probablemente ocurra de forma similar en muchos otros países. Por otro lado, el mercado financiero ha aumentado enormemente su peso en el PIB global en los últimos 30 años y sus empleados cobran un 70% más que los trabajadores de otros sectores con similar cualificación (pubs.aeaweb.org/doi/pdfplus/10.1257/jep.27.2.3).

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