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Vicente Montes

La trinchera de Ayuso estaba tras la barra

Madrid aplicó desde el verano, cuando Sánchez traspasó la responsabilidad a las autonomías, políticas con la hostelería mucho más flexibles que Asturias y registró en este periodo una tasa de fallecidos menor que el Principado

Isabel Díaz Ayuso, tras conocer su victoria electoral el pasado martes.

Isabel Díaz Ayuso, tras conocer su victoria electoral el pasado martes.

Uno de los errores en los que puede caer el Partido Popular es creer que España es Madrid. La parte no siempre es el todo, y aunque la victoria de Isabel Díaz Ayuso tiene una indudable lectura nacional, no es extrapolable. Eso sí, da aire a un PP necesitado de éxitos y anticipa un cambio de ciclo. Los efectos serán palpables de inmediato. Estas son algunas de las claves para entender cómo Madrid le ha dado la vuelta a la tortilla política nacional.

La victoria en los bares. Casi 300.000 familias madrileñas viven de la hostelería y ese sector, con su capacidad de influencia en la clientela tras la barra, ha sido uno de los aliados de Ayuso. La presidenta madrileña logró forjar una importante alianza con uno de los sectores más castigados por la pandemia. A fuerza de ser la niña rebelde frente a las restricciones del Gobierno de Pedro Sánchez, Ayuso consiguió apurar al máximo los horarios de apertura y prolongar las horas del toque de queda cuando en el resto de España se bajaba la persiana por decreto cuanto antes. Tal fue así que mientras que el presidente asturiano, Adrián Barbón, asumió ser el paradigma del discurso de la protección de la salud, Ayuso se empleaba en el de ser la impulsora de la actividad pese al coronavirus. El pánico por la pandemia fue dominante en los primeros meses de la llegada del coronavirus, pero después del verano dejó de serlo. Es sabido que la costumbre es el mejor arma contra el temor.

El sentimiento de orgullo madrileño. Aunque a los madrileños se les ha achacado cierta actitud de parecer estar por encima del bien y del mal (dentro de esos estúpidos afanes por calificar a las personas según donde vivan), Ayuso ha logrado asentar la idea de qué es “lo madrileño”, un concepto muy arraigado entre los residentes de la comunidad, que se identifican con los tópicos convertidos en bandera por su presidenta y pocas veces han estado explicitados frente a las singularidades que otras comunidades autónomas han convertido en bandera identitaria. Ayuso y sus estrategas de campaña han situado a Pedro Sánchez en el bando enemigo, junto a las críticas lanzadas por las comunidades autónomas gobernadas por los socialistas (entre ellas Asturias) contra la gestión de Ayuso durante la pandemia.

La pandemia en números. En Madrid, a lo largo de la pandemia, se han producido 100 contagios por cada 1.000 habitantes; en Asturias, 50 por cada 1.000. La tasa de fallecidos por Covid en Madrid ha sido de 2,22 personas por cada 1.000 residentes, mientras que en Asturias esa tasa ha sido de 1,92 por cada 1.000 residentes. Pero si se descuenta el impacto de la primera ola brutal del virus, las tasas posteriores de Madrid, con una presidenta en aparente rebeldía frente al mensaje restrictivo del gobierno del PSOE y Unidas Podemos, no han sido dramáticas. En las siguientes olas en las que Madrid ha mantenido una actitud flexible respecto a la hostelería, la tasa de fallecidos ha sido de 0,71 por cada 1.000 habitantes, mientras que en Asturias alcanzó un 1,18 por cada 1.000 asturianos. Ese análisis es simplista (hay muchos otros factores que tener en cuenta, como la fiabilidad de las estadísticas, la atención sanitaria o la estructura de la población), pero ha sido suficiente para hacer calar la idea de que limitar la actividad económica no garantiza más salud.

La izquierda perdió la bandera de la libertad. La estampa de la afiliación del PP coreando la proclama de “¡Libertad!” era inédita. El afán de la izquierda (en especial de Podemos) por polarizar el debate le pasó factura. Especialmente claro fue el efecto en un PSOE que partió de cierta imagen centrada para terminar arrollado por las circunstancias, entregado a la música fallida que Pablo Iglesias quiso darle a los comicios electorales.

Crisis de la “nueva política” (1): naranjas de saldo. Las elecciones en Madrid han llevado la “nueva política” a una crisis que amenaza su supervivencia. Ciudadanos se ha convertido en un proyecto agónico que parece afrontar los estertores. Los naranjas tienen en el horizonte la opción de prolongar su supervivencia de manera artificial hasta las próximas generales o, directamente, seccionarse en proyectos autonómicos para dar al menos cierta estabilidad a los grupos parlamentarios y municipales que aún tienen dos años por delante. Pero también cabe que el afán de Fran Hervías por dinamitar la que fuese su casa lleve a una demolición pactada del partido, convirtiendo a sus contactos en cada territorio en liquidadores del proyecto centrista para elevar las expectativas del PP.

Crisis de la “nueva política” (2): morados en un marrón. La marcha de Pablo Iglesias deja a Podemos ante un abismo. Los partidos que emergieron para combatir el bipartidismo se fundamentaron en un peligroso personalismo. Fiar el éxito al carisma de un líder tiene sus ventajas y sus inconvenientes. El efecto que supuso la supervivencia de Ciudadanos sin Albert Rivera es buen botón de muestra. El hecho de que un partido como Más Madrid, con una imagen de izquierda más moderada que Podemos, haya sido uno de los triunfadores de la jornada del 4-M abre expectativas de supervivencia a la Izquierda Unida que no ha caído en las redes de la confluencia, que ahora ha atrapado a Garzón en un proyecto con severas incertidumbres.

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