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José Antonio Díaz Lago

Enredados en el pasado (¿finlandeses en Madrid?)

Las elecciones madrileñas mandan a la oposición a los radicalismos

En la teoría del eterno retorno las sociedades se desenvuelven en ciclos que se repiten y perfeccionan: es decir, avanzan y luego retroceden un poco para volver a avanzar hacia estratos superiores; en este proceso, a veces pasan inevitablemente por el mismo sitio, por el que transitan con rapidez. La peculiaridad de España es que el ciclo de retorno hacia el pasado es muy profundo, abarca casi un siglo y, además, la realidad parece detenerse allí condenándonos a todos a una suerte de “deja vu” (la impresión de que esto ya lo hemos vivido).

Nuestra rica historia no es tan original. Finlandia tuvo una guerra civil, pocos años antes que la nuestra del siglo pasado, no menos cruenta ni con menos heridas colectivas. El historiador finlandés Jason Lavery dice que “las guerras civiles nunca terminan” aunque añade que un esfuerzo colectivo, doloroso, pero constante, huyendo de radicalismos y concentrando mayorías parlamentarias en territorios de consenso social amplio ha permitido a Finlandia constituirse como uno de los países más desarrollados, democráticos y tolerantes del mundo. Este camino parecía que era, también, el seguido en nuestro país, hasta que hemos querido ahondar el bucle y refocilarnos en viejas querellas, aplicando poco a poco una vuelta de tuerca a la crispación y el desencuentro; justo el rumbo contrario al que llevábamos. La generosidad y pragmatismo que había imperado en la Transición, imprescindible para caminar hacia el futuro y no hacia el pasado, se han sustituido por algunos por la razón ideológica, que quiere imponerse a toda costa. De este modo, se pretenden cobrar viejas deudas, sin reconocer ninguna propia, lo que degenera en menosprecios, descalificaciones e insultos. Así, poco a poco, nos vamos acercando a nuestro yo colectivo atávico: la pelea a garrotazos de los cuadros de Goya.

Lo lamentable del asunto es que estas actitudes no están, de momento, en los bares ni en las calles, al menos no de modo exagerado, sino que se instalan en las instituciones y se protagonizan o impulsan por quienes debieran dar ejemplo de sosiego y de espíritu democrático, es decir ciertos líderes líderes políticos y sociales. Así, la competencia de un gran número de cargos públicos y parlamentarios no parece medirse por la profundidad de las ideas que exponen, por la dialéctica depurada y persuasiva de los argumentos que manejan o por su capacidad para explicar iniciativas de mejora colectiva, sino por la gracieta oportunista, el guiño zafio a este o aquel colectivo y el olímpico desprecio a los rivales, y todo ello jaleado por una cohorte de medios afines y entornos radicales que se suman con entusiasmo a la gresca.

El resultado de las elecciones en la Comunidad de Madrid muestra la concentración de votos en uno de los dos grandes partidos nacionales evidenciando aún más la absurda debacle a la que se ha sometido al otro gran partido nacional, cuyos dirigentes, obviamente, parece que debieran realizar alguna reflexión. Los que han otorgado sus votos a Ayuso en Madrid, con un altísimo porcentaje de participación, no son hordas fascistas enfurecidas como algunos persisten en decir sin haber entendido nada, sino ciudadanos de Madrid que podrían más bien asemejarse a finlandeses deseosos de encontrar caminos de consenso y no de enfrentamiento, que han mandado a la oposición a los radicalismos y que seguramente esperan de sus líderes políticos y de quienes regentan las instituciones que lo hagan con moderación, no incompatible con la firmeza en la defensa de sus ideas, y que se conduzcan en las instituciones con la educación y la capacidad que cabe esperar de nuestros más altos representantes.

Además, los resultados de las elecciones de Madrid, de modo subrepticio, vuelven a poner de golpe encima de la mesa, impulsados por la ciudadanía, los problemas reales y más acuciantes, que sería conveniente analizar con el mayor grado posible de acuerdo, social y político, si se aspira a que se solucionen. Por tanto, quizá haya llegado el momento de afrontar de una vez por todas, sin que parezca un lujo excesivo ajeno al desempeño de las funciones de los gobernantes y representantes políticos, temas tales como: el futuro de las pensiones; la gestión de fondos europeos, que a estas alturas se siguen anunciando como el maná pero sin que exista una hoja de ruta clara en lo que respecta al mejor aprovechamiento de los mismos; las políticas tributarias y de gasto necesarias para mejorar la equidad territorial y social desde posturas consensuadas por la mayoría; el reto del crecimiento exponencial de la digitalización y su afectación a empresas y sector público; la propia y necesaria reforma de las Administraciones Públicas, etc. Y todo ello, a ser posible, sin discursos vacíos, descalificaciones, insultos y menosprecios gratuitos y sin descubrir América a cada paso.

Vivimos en sociedades con amplias coberturas sociales (lo que en economía se llama estabilizadores automáticos) y eso significa que cuando vienen mal dadas el estado de bienestar se pone a funcionar, no sin deficiencias y márgenes de mejora, claro. La cuestión es si lo dejamos así para siempre –lo que nos convertirá en sempiternos actores secundarios en el concierto mundial– o utilizamos estos momentos del ciclo para anticipar el porvenir, potenciar la iniciativa privada, la educación y la investigación y logramos convencernos de que es el esfuerzo y la energía de los más osados lo que a la postre hará que todos avancemos. La acción humana, que diría Von Mises, asentada en la solidaridad colectiva, pero que premia el esfuerzo individual y se sustenta en sociedades que miran al futuro y no al pasado.

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