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JC Herrero

No para una madre

La prisión permanente revisable

Estos días es noticia que un padre espera –embarazado– el nacimiento de su hijo. ¿Qué se siente, siendo padre, llevando en el vientre a tu hijo? No debe ser sencilla la respuesta, no.

Como mucho, a los padres nos permitían asomarnos a la vitrina de neonatos e intentar acertar, a ojo de buen cubero, quién era el tuyo. La vista atinaba, no tu vientre, ni el olor de tu hijo al que su madre localiza a ciegas pese a un olfato involucionado frente a otras especies.

Ahora, el esfuerzo de la neonatología para que el padre se ponga en la piel del parto es encomiable. Mas el dolor ajeno no requiere analgesias, ni tan siquiera epidural, lo asume el organismo materno que tiene capacidad de concebir, gestar y alumbrar. La condición de padre o madre, de mujer versus hombre, ya no la pone nadie más que la persona que desea sentirse en uno u otro concepto social. Está bien que una mujer quiera ser padre, es doble mérito, irreversible en el hombre, los vientres por muy de alquiler que sean son femeninos.

En estas fechas, igualmente, se vaticina el desenlace de un proceso judicial a una madre, por filicidio. Delibera el jurado -ad hoc- si la petición de sentencia adquiere carácter infinito, o sea que una madre pase el resto de sus días en prisión por deshacerse de su hijo recién nacido, se ensañó. El Código Penal establece un apartado para quienes atenten contra personas especialmente vulnerables por razones de edad, se deshizo –a solas– de su propio bebé.

La ley del jurado ya contemplaba en la II República la concurrencia del cincuenta por ciento de mujeres: ¿habrá un jurado mixto?, ¿son todas mujeres u hombres las que dirimen si hay o no enajenación en el filicidio? La ley no entiende de géneros más que para cuotas, es así. Un hombre no puede sentirse madre –¿en qué vientre abultamos la gestación?

¿Por qué espera una madre a dar a luz para conculcar su principio existencialista más sagrado? Esa extensión de su persona no se materializa hasta el alumbramiento, por una simple obviedad, y es la capacidad visual que interacciona con nuestro cerebro más primitivo la que activa pasiones. No supo distinguir entre un ser ajeno y el objeto de su continuidad, se reflejó ella misma en su bebé, luego cabe preguntarse si no hablamos de autolisis. Es complejo.

El mal –el que generó la civilización– lo diseccionó Rousseau, él hablaba del “sí mismo o el mal externo”. El mal no está en ningún área cerebral, siempre que no haya un diagnóstico peritado de enfermedad concurrente, aun así no hay maldad, la que procuró la civilización para disculpar la aplicación del derecho.

¿Alguien cuestionó el tiempo nuevemesino para abundar en la premeditación y alevosía que desencadena el filicidio?, la respuesta es no. ¿Dónde estuvimos los demás en ese tiempo de gestación?

¿Qué procuró esa enajenación parental tan brutal? ¿Se resuelve con la prisión permanente revisable porque existe riesgo de reincidencia..? La respuesta es no.

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