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Los viajes verdaderos

En recuerdo de Santiago González Escudero

Un 7 de mayo de hace ya 13 años nos abandonaba D. Santiago González Escudero. Del que fuera profesor y decano de la Facultad de Filosofía de Oviedo todos sus alumnos recordamos al menos dos cosas: que no hay disciplina –y la filosofía menos que ninguna– que pueda ceñirse a un canon cerrado de autores y de obras, y que el buen profesor no lo es porque tenga tras de sí una vasta producción científica, un florido currículo o un arsenal de herramientas pedagógicas. El buen profesor no es, como pregona cierta “nueva pedagogía”, un supervisor, ni un coordinador. Menos aún un instructor o un guía que ilumina con su candil los oscuros caminos del saber. Un buen profesor es un maestro del conocimiento que se faja dialécticamente con sus alumnos día tras día, que no rehúye el cuerpo a cuerpo en los debates ni pontifica salvíficamente desde la cátedra. Cada clase de Escudero –como lo llamábamos– era un descubrimiento, un reto al que no era posible permanecer ajeno. Por fuerza te implicabas en ella porque el primero en involucrarse y en vivirla era él mismo. Si enseñar implica encender las emociones de los alumnos, Escudero era único. No perdía el tiempo pasando lista ni coqueteando con banales artificios docentes. Sus clases eran un portento de oratoria, una exhibición de verdadero músculo del saber. Muchas veces las he evocado enlazándolas con un artefacto lírico, con un antipoema del chileno Nicanor Parra, que a buen seguro hubiera suscrito Santiago como ideal de la práctica educativa: “Hágase hombre, señor profesor, y déjese de andar poniendo notitas”.

Pero el magisterio de don Santiago traspasaba, como no podía ser de otra manera, el reducto académico de las aulas. En enero de 2008, fatalmente herido ya por la enfermedad que habría de llevárselo muy pocos meses después, tomé un café con él muy cerca de su domicilio. El motivo del encuentro era preparar el acto de presentación de un libro que tendría lugar a finales de aquel mes en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA. Antes de entrar en materia, le conté detalles de un reciente viaje mío a Grecia: que si la Acrópolis, que si el teatro de Epidauro, que si la puerta de Micenas... En vano buscaba su asentimiento o complicidad. Cuando había ya recorrido varios enclaves helenos mundialmente conocidos, me sonrió con una mezcla muy característica suya de buena educación y socarronería castellana, combinación que todos los que lo frecuentábamos conocíamos. Sin duda alguna, el generoso belfo que siempre sospechamos se escondía tras aquella poblada y cuidada barba cana no tardaría en descender para permitir la elocución de alguna sentencia definitiva. Así fue como, mirándome por encima de las gafas y dándome una suave palmadita en el hombro, me espetó: “Yo nunca estuve en Grecia”. Y sin darme tiempo a reaccionar, añadió: “¿Se te cayó el mito, eh?”.

Pues no, Santiago, no. En absoluto. Para nada. La misma persona que enseñó a generaciones y generaciones de estudiantes a amar a Grecia como nunca antes nadie lo había hecho no había estado allí. ¿Había mejor prueba de que los verdaderos viajes son los mentales? ¿Hay mejor testimonio de que se puede ser en verdad cosmopolita con solo remover críticamente los cimientos de nuestro saber? ¿Acaso Kant o Feijoo necesitaron recorrer medio mundo para meter al mundo dentro de sus cabezas? A sensu contrario, ¿cuántos viajeros hay que exhiben su provincianismo internacional recordándonos tantas y tantas bobaditas que han ido atesorando de aquí y de allá?

Durante todos estos meses de forzoso confinamiento –domiciliario, municipal, autonómico...–, el recuerdo de esta anécdota y su mensaje implícito me han aliviado enormemente. No hemos podido viajar, es cierto. Pero hemos podido traer el mundo entero hasta nuestra biblioteca o hasta la pantalla de nuestro ordenador y a partir de ahí construirlo, reconstruirlo y deconstruirlo cuanto hemos querido –con muchos más medios que Feijoo o Kant–. Que lo hayamos hecho o no es otra cosa. Dice Michael Onfray en “Las sabidurías de la antigüedad” que “con frecuencia la anécdota recoge el sentido de toda una filosofía”. Parece buena esa filosofía del viaje verdadero, del viaje que no precisa certificados ni tarjetas de crédito. En ese viaje nos veremos.

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