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Ricardo Menéndez Salmón

LABoral en su laberinto

Un diagnóstico de la deriva del equipamiento cultural asturiano

Como creador, nunca he creído en la ecuación que vincula cultura con rentabilidad. Jamás, en ningún ámbito privado o público, defenderé que los proyectos culturales tengan por necesidad que rendir beneficios económicos. Estoy convencido de que la cultura devuelve a la sociedad que la sustenta ciertos intangibles que no se pueden traducir única y exclusivamente en términos monetarios. Una sociedad de escritores, de artistas plásticos, de músicos, de grupos teatrales, de cineastas, de investigadores de las relaciones entre arte y tecnología es una sociedad mejor, más dotada para soportar los embates de la Historia y para diagnosticar e intervenir en las crisis sociales, económicas y de valores, como la que nos lleva estrangulando con distintos rostros desde el año 2008. El problema con LABoral es que ese retorno, esa devolución, esos beneficios que la institución debería transmitir a sus beneficiarios, a la sociedad asturiana en este caso, nunca han estado a la altura del despilfarro asumido y de la opacidad institucional.

Con LABoral ha operado una lógica perversa que ha terminado por convertir un problema que podría ser puntual, el del siempre difícil equilibrio entre salud financiera y salud creativa, en un asunto endémico, que devora el modelo seminal. Argumentos como que la ubicación de LABoral no es la mejor, que Martín López-Vega esgrimió en su reciente entrevista con Tino Pertierra en este mismo diario, son débiles. Yo he vivido y trabajado en centros culturales de Italia, Francia, Bélgica, Alemania e incluso China con una situación excéntrica respecto al núcleo de las ciudades que los acogían, y en ningún momento eso supuso un problema para la efervescencia de las comunidades creativas y su contacto con la sociedad. Al contrario. La propia experiencia del desplazamiento hacia los lugares donde la cultura germina forma parte del contrato que creadores y público firman. El problema con LABoral es que hemos creado un espacio cultural con unos objetivos que no han sabido, podido o querido adecuarse a la realidad de sus propósitos. Ese desfase entre continente y contenido, entre inversión y retorno, es el drama de esta aventura, que podría ser magnífica y a veces es solo patética, como sucedió en la época del nefasto viceconsejero Domínguez y como por desgracia, si no se le pone remedio, volverá a suceder en la época de la consejera Piñán.

LABoral ha convivido con episodios tan lamentables como el de los falsos autónomos, que atentó contra cualquier sentido ético y llegó a instalar un discurso intolerable al sostener que la culpa del estado económico del proyecto tenía que ver con que los trabajadores reclamaran sus derechos jurídicos. LABoral ha visto un paulatino deterioro de su proyecto con los servicios de comunicación externalizados, con déficits en la documentación, con un mantenimiento débil, con empresas y patronos privados que han abandonado el barco, con un Consistorio gijonés desorientado y a menudo estupefacto ante la deriva de uno de los mayores activos que podría albergar la ciudad. La pregunta obvia es si se puede revertir esta situación. Y mi convicción es que es posible, pero que es obligado airear las estancias y repensar el proyecto.

Para ello hay que ofrecer datos transparentes del estado y de las necesidades del centro. Hay que evidenciar su actual situación y plantearse lo que desea ser en el corto plazo. Hay que depurar las responsabilidades en cuanto surjan, y no aguardar a que la prensa las saque a la luz o a que la oposición política las reclame. Hay que redefinir las funciones de un patrimonio títere, tantas veces inane, que ha llegado a consentir iniciativas tan desdichadas y absurdas como las vinculadas al Xacobeo-21. Hay que desburocratizar las relaciones y los procesos presupuestarios para hacer una llamada a la comunidad artística y a la ciudadanía asturiana invitándola a participar y a construir, respetando ciertas líneas rectoras del centro que funcionan a satisfacción, como las residencias y programas de artistas. Pero sobre todo hay que reconsiderar la palabra “institución”. Se nos llena la boca con esa palabra cuando hablamos de LABoral, pero la pregunta obligada es la siguiente. ¿Qué podemos hacer para que exista gente interesada en esa “institución” más allá de sus trabajadores, de sus invitados y de los cargos públicos que presupuesto tras presupuesto deben hacer ingeniería financiera para que la nave siga a flote? Mientras esa pregunta siga sin resolver, LABoral Centro de Arte y Creación Industrial seguirá encerrada en su laberinto, como un monstruo que se mira en el espejo de su propia desdicha.

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