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El florero de Colombia

La revuelta contra las reformas, vista por un asturiano residente en Cali

Pocos sabrán que Colombia se gestó en una disputa callejera por un florero del que aún se guardan cuatro pedazos de porcelana en el Museo de la Independencia de Bogotá. Una disputa permanente que ha mantenido el país durante siglos en una constante de violencia y guerras internas en diferentes episodios de su historia.

Cuando todo parecía que la firma del Tratado de Paz con la guerrilla de las FARC-EP por parte del anterior gobierno de Juan Manuel Santos iba a abrir una puerta a la esperanza a los que fuimos testigos de tanta ilusión, la realidad se volvió mezquina con la mayoría de ciudadanos que aún habiendo salido en las urnas vencidos por el no, deseaban internamente tener la esperanza de un futuro sin más “camisas negras”, llenas de sangre y luto permanentes.

Las movilizaciones actuales en Colombia y de manera crítica en la tercera ciudad del país que habito desde hace 8 años con mi familia asturiana, Cali, rebasan la mera cuestión de la reforma tributaria y son más rescoldos de heridas no cerradas a tiempo y de odios sempiternos entre una sociedad muy desigual, inequitativa y demasiado acostumbrada a no tener cerca los poderes del Estado. Extensas zonas de un país hermoso y dotado de la mayor biodiversidad y recursos del planeta donde el gobierno se deja en manos de Dios, de las redes de corrupción, de los narcotraficantes o de la simple delincuencia armada.

Los contornos del derecho a la protesta se vuelven en contra cuando la violencia desmedida, nunca educada y transformada pedagógicamente en el tiempo, enfrentan una polarización de la mayoría de ciudadanos que no trae más que división emocional y odios absurdos.

De la Colombia profunda, enterrada con las uñas en la tierra, casi siempre olvidada y sumisa, en busca de sí misma, se veía venir más pronto que tarde una transformación social que la pandemia, el desgobierno actual y la globalización galopante ha puesto en bandeja de plata para que las nuevas generaciones tengan la oportunidad de presionar a las élites políticas que se aferran al poder de manera demasiado parroquial y corrupta. Es el regreso a un escenario que espero poder llegar a vislumbrar y que confío como la gran mayoría de ciudadanos de bien, que no esté alimentada por oscuros fantasmas del pasado, por el odio y la violencia, por los complejos y rebelión de los genes y que si esté constituida por el diálogo pacífico, por la razón, por el conocimineto y por el verdadero y mejor potencial que tiene el país: el pueblo colombiano.

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